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Escribo estas notas para organizar mis ideas. Como venezolano interesado en promover un cambio me preocupa, y a ratos me confunde, la discusión que tiene lugar entre nosotros por estos días. No se trata de que haya unos más buenos que otros, de que un grupo de los nuestros se haya vendido, de intercambiar entre nosotros los mismos insultos que hemos recibido durante más de catorce años desde allá. Nos acostumbramos rápido a descalificar utilizando argumentos personales, apenas una demostración de pereza o franca incapacidad intelectual para entender la posición de quien piensa distinto. Si eso ocurre entre nosotros, ¿qué quedará para entender a esos otros que necesariamente habremos de arrimar para conformar una amplia mayoría?

Las elecciones de abril pusieron a la oposición en una encrucijada difícil. Me cuesta recapitular ambas posiciones de manera objetiva, sin utilizar alguna de las expresiones con que ambos lados se ridiculizan mutuamente. Esa es parte de la herencia del régimen: un lenguaje manoseado, un conjunto de expresiones que significan tantas cosas a la vez que ya no significan nada y que nos impiden expresarnos de manera apropiada. Haré mi mejor esfuerzo.

La oposición podía aceptar los resultados electorales, asumir la derrota (haya sido o no legítima) y seguir trabajando en la constitución de una mayoría a prueba de fraude y ventajismo político (una taxonomía distinta de fraude, fraude al fin). Por un lado, esta posición presentaba menos riesgos. Nos devolvía a una ruta que hemos venido transitando desde diciembre de 2007 y en la que de forma inequívoca hemos hecho grandes progresos. Por el otro, al aceptar la derrota se corría el riesgo de perder la motivación, no sólo de los electores de oposición que acudieron en masa a votar, sino también de los más de ochocientos mil venezolanos que tomaron el riesgo de cambiar de trinchera entre octubre 2012 y abril 2013. Prevalecía entonces un sentimiento de oportunidad única, una especie de temor de dejar escapar al chavismo-sin-Chávez y darle un segundo aire tras haberlo tenido contra las cuerdas. Sabiendo que los jueces habían decidido nuestra derrota en las tarjetas y teniendo por delante seis largos años de deterioro y destrucción, muchos se preguntaban si no era la hora de intentar un knock-out.

Dar ese knock-out implicaba desconocer los resultados anunciados por el CNE y llamar a la calle a la oposición. Con un margen tan estrecho y el posible apoyo de algunos miembros importantes de la comunidad internacional, siempre cabía la posibilidad de que “algo pasara”. La manifestación traería consigo un choque de fuerzas y con alguna certeza unos cuantos muertos y heridos. Poner a Maduro en esa posición tan temprano en su interregno podía haber dado al traste con el régimen. También pudo haber dado al traste con la oposición. A fin de cuentas, este es un terreno en el que se cometieron errores importantes en el pasado, errores que atornillaron a Chávez en el poder y nos condujeron a un desierto electoral del que apenas empezamos a salir hacia finales del 2007. A ratos me pregunto si no es ésta es una lección sobre-aprendida.

La decisión no fue fácil. Tan así que no se tomaría en el transcurso de aquella noche sino que tomaría varios días. Tengo para mí que desde el momento en que Henrique Capriles suspendió la marcha que había convocado aquél miércoles al CNE, la oposición tomó el primer camino. No se le podía criticar por ello, y en cualquier caso su liderazgo merecía el beneficio de la duda. Después de todo, hay que reconocer que si se trataba de explotar nuestras cualidades como oposición y minimizar nuestras debilidades, había que optar por aquello que nos había hecho fuertes.

Lo que sí me cuesta entender es que meses después de aquella semana todavía sigamos discutiendo si tomar un curso u otro, como si ya no hubiese pasado ese tiempo y ya no hubiésemos decidido otra cosa. Según mi manera de ver las cosas, para bien o para mal, el momento de la otra vía ya quedó atrás. Más allá de lo que se diga públicamente, hemos escogido seguir dando la pelea electoral, así pase por ese largo camino que lleva a las municipales y de ahí a la Asamblea Nacional (en dos años), al posible revocatorio, y luego a gobernadores y presidenciales. Eso no quita que estemos siempre preparados para lo que pueda ocurrir, sobretodo dado el peligroso estado de caos económico y desgobierno que nos ha caído encima. Dentro de esa estrategia, la Constituyente viene a contramano. Descubre un intento, vieja manía nuestra, de refundarlo todo, en una época en que una proporción muy significativa de venezolanos no lo quiere así. No hay atajos.

Disponible en:
http://www.eluniversal.com/opinion/130814/la-oposi...


Miguel Ángel Santos