Ese es el nuevo slogan del gobierno: “Con la revolución, lo extraordinario se hace cotidiano”. La autopista regional del centro está llena de vallas recién estrenadas, con gigantografías que acompañan al slogan. Al principio resultan difíciles de comprender. En una, cerca de La Victoria, un señor en camisa roja y una sonrisa que no aguantaría la prueba de Duchenne, muestra a la cámara, sosteniéndola con los índices y pulgares de ambas manos, su cédula. En otra, una señora es atendida en un hospital por una enfermera de apariencia afable y servicial. Ahí está la clave. Eso es lo que al gobierno le parece extraordinario: Obtener una cédula, ser atendido en un hospital, conseguir una cita para el pasaporte, prender el interruptor y ver proyectarse el fenómeno de la luz, o hacer girar las llaves y sentir correr agua. Todo ese conjunto de elementos sobre los cuales se asienta la experiencia cotidiana, se han ido convirtiendo en cosas cada vez más extraordinarias. El gobierno, que llegó al poder cabalgando sobre la promesa de mejorar la calidad de vida, ha venido tirando la toalla y recurriendo cada vez más al argumento ideológico. La experiencia cubana es clara en ese sentido: Una vez que el fracaso de la gestión gubernamental sea total y absoluto, el aspecto ideológico, la resistencia, la dignidad, el hacerle frente al imperio, el sacrificio, ocuparán de forma exclusiva el debate nacional. Ya estamos próximos. La revolución hace de lo cotidiano algo extraordinario.

Y he aquí que, sin embargo, uno no puede dejar de pensar cuántas cosas verdaderamente extraordinarias se han vuelto cotidianas. Tantos atropellos a la dignidad se han vuelto cosa de todos los días que ya parecen haber pulverizado nuestra capacidad de sorpresa. Se ha vuelto todo tan surreal y a la vez tan cotidiano, que ya sólo requiere de un anuncio por televisión. De todos ellos, ninguno como el bajo precio que ha alcanzado la vida (de los demás) no sólo en el baremo del gobierno, sino en el del resto de la sociedad (esa que se encoge de hombres y cruza los dedos).

Los 89.711 homicidios registrados en Venezuela entre 2003-2009, se encuentran muy cerca de los 95.069 ocurridos en la guerra de Irak. Con una diferencia fundamental: En Irak el número de víctimas ha promediado en los últimos dos años 3.042, mientras en Venezuela alcanza 16.800. Nuestra guerra será mucho más larga, y también más sangrienta. De acuerdo con los investigadores Daniel Pipes y Gunnar Heinsohn, entre 1950-2007 el conflicto árabe-israelí cobró algo más de 51.000 muertos (dos tercios árabes y un tercio judíos). Nuestras muertes por homicidio en los últimos siete años están muy próximas al conteo de muertos del terremoto reciente en Haití. En nuestro caso, nadie se ha movilizado, no se ha producido una respuesta de emergencia internacional y, lo que es peor aún, tampoco nuestra. No hay centros de acopio para apoyar a los familiares de las víctimas, no se han multiplicado las ONGs y los programas de ayuda, a nadie se le ha ocurrido siquiera hacer una colecta para donar una planta a la morgue en donde los cadáveres se amontonan y se pudren por falta de suministro eléctrico. Y es que irse muriendo de a poco llama muchísimo menos la atención.

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Miguel Ángel Santos