La publicación de los resultados del segundo trimestre del año por parte del BCV viene a ponerle valores específicos a las paradojas de la economía venezolana que ya muchos habían empezado sentir como consecuencia del fenómeno de la observación y la experiencia diaria.

El Presupuesto Nacional del 2001 representa un aumento del gasto público de 40% en relación con el año anterior, y sin embargo el crecimiento económico que debería seguir a semejante inyección fiscal no se produce y el desempleo no cae (“el gasto público no se ve”). Peor aún, el BCV reporta para el segundo trimestre una caída en el producto interno público de 1.7%. Es decir, en medio de una bonanza petrolera que ya va para tres años, el gobierno se encuentra en déficit fiscal, disminuyendo su producto interno, y ha incrementado su deuda con instituciones bancarias en el país en 11.7 mil millones de dólares (el equivalente a las reservas internacionales actuales).

Es posible ensayar algunas explicaciones para estos fenómenos, pero en el mejor de los casos van a resultar insuficientes. Por ejemplo, es evidente que la falta de crecimiento del sector público en medio de una expansión fiscal de 40% se debe a que los fondos han sido destinados casi en su totalidad a gasto corriente, y no a gasto de inversión. También es evidente que hoy en día somos más vulnerables que nunca al precio del petróleo, lo que está generando una inmensa ola de desconfianza en el sector privado que de alguna manera absorbe el gasto público y lo purga del sistema económico venezolano a través de la fuga de capitales. De acuerdo con las cuentas externas del BCV, en el primer semestre salieron de Venezuela 5.3 mil millones de dólares, que anualizados representan 10% del PIB venezolano. Es por esta razón que la inflación se ha mantenido baja, porque no hay bolívares en la economía capaces de ejercer presión sobre los precios.

Las alternativas del gobierno ante esta situación no son muchas: a) Buscar la manera de generar confianza, b) Devaluar, incrementando el ritmo de las microdevaluaciones diarias, c) Recortar el gasto público y tratar de subir la tasa de interés interna, d) Seguir perdiendo reservas, o e) Implementar un control de cambios. Las primeras cuatro no son viables, algunas por la propia naturaleza del gobierno(a, b y c), otras porque las condiciones económicas no lo permiten (b y d), de manera que la única salida parece ser la implementación de los controles.

Y hasta aquí llega la teoría económica. No alcanza a explicar cómo es posible que el gobierno se haya endeudado tanto, no alcanza a explicar en qué se está yendo el gasto público. Aún bajo la tesis de la salida de capitales, el dinero proveniente del gasto debería entrar en la economía al menos una vez. De allí en adelante sería capturado por los agentes privados que no confían en el bolívar, y sacado de circulación vía compra de dólares. Bajo este escenario lo que los economistas llaman el multiplicador de la política keynesiana (cuántas veces estimula el producto interno bruto un aumento del gasto) sería igual a uno. Pero para que eso ocurra en dinero tendría que entrar en el sistema al menos una vez, es decir, el valor del multiplicador. Y esa entrada debería producir al menos algún efecto numérico, o bien sensitivo (“el gasto público se ve”). Pero no ocurre así. Las cifras macro no alcanzan a explicar estos fenómenos, y me temo que las cifras micro tampoco.

Miguel Angel Santos