El fin de año hace posible la abstracción según la cual el tiempo, en lugar de ser una función continua, está compuesto por una cadena de eslabones estancos de 365 días. Esa abstracción da pie a nuestros propósitos de año nuevo, a esas cosas que a partir del lunes van a ser diferentes, a esos procesos que a partir de entonces se acelerarán, a la concepción de aquellas cosas que dejarán de ser. Hay siempre en estas ceremonias de año nuevo algo de reinventarse a sí mismo.

El gobierno comienza el año con múltiples propósitos que traen implícitos retos, de los cuales el mayor es tratar de reconciliarlos a todos entre sí. El régimen está promoviendo una economía basada en el cooperativismo, un papagayo que hasta ahora ha demostrado muy poca capacidad de vuelo en otras partes del mundo (en donde no soplan 50.000 millones de dólares anuales). Mientras no se materialice de forma efectiva la producción de este inmenso amasijo de cables pelados (salarios de subsistencia, subsidios, empresas de producción social, cooperativas), el gobierno se verá en la necesidad de seguir combatiendo la inflación a punta de importaciones. Ese proceso, que podría llevar a no devaluar por segundo año consecutivo, continuará destruyendo la capacidad productiva y de empleo de nuestra industria. Seguiremos importando alimentos baratos mientras tratamos de promover la agricultura nacional.

Entre los propósitos de la oposición se encuentra el convertirse en dique de contención efectivo a los desmanes del gobierno, en lugar de seguir haciéndose oposición a sí misma. Ese propósito trae consigo el reto de alcanzar un grado de influencia sobre el acontecer nacional más acorde con sus niveles de apoyo. En este sentido, el lanzamiento de Un Nuevo Tiempo a nivel nacional, la resolución del conflicto de poder que se ha presentado en Primero Justicia, y la capacidad de la comisión para la reforma constitucional para hacerse escuchar, son aspectos claves que marcarán la evolución de este propósito.

Una idea que vale la pena considerar es la creación de un gabinete sombra, o contra-gabinete, o gabinete paralelo. Esta estructura replicaría las funciones de los ministerios más importantes, le haría seguimiento a su actividad, oponiéndose de forma oficial y constructiva, y canalizaría los cuestionamientos desde el electorado y hacia el electorado. Este gabinete sería nombrado en conjunto por los principales partidos de oposición, se convertiría en referencia obligada del país en relación con las actividades de cada despacho, forzaría a la oposición a formar un equipo de trabajo, y la mantendría próxima a las funciones del gobierno. Estaría conformado por todos los talentos venezolanos mantenidos al margen por la política de o-le-dices-que-si-a-Chávez-en-todo-o-te-vas. No recibirá financiamiento público, es evidente, pero en cualquier caso no debería resultar demasiado costoso. Ese ejercicio de comportarse como-si fuese gobierno tiene también el potencial de sacudir de la oposición ese sentimiento de víctima que la paraliza, mientras la prepara mentalmente para asumir cualquier responsabilidad que el destino, los años próximos, y los imponderables, le puedan reservar. De eso se trata.

Miguel Ángel Santos