¿Cómo se originó la crisis en Argentina? En 1992, luego de haber pasado los tres años previos con inflación de 3,079%, 2,314%, y 171.7%, el gobierno del Presidente Carlos Menem decidió que la única manera de convencer a los inversionistas (extranjeros y locales) de invertir en Argentina era a través de la fijación de una regla cambiaria única, del tipo caja de conversión, que elimina el banco central y establece la paridad entre la moneda local y el dólar. El nuevo arreglo incorporó la necesidad de dos terceras partes del congreso para modificar la tasa de cambio.

La convergencia de la inflación Argentina a la inflación norteamericana que se busca con el arreglo de la caja de conversión no ocurrió de inmediato, Argentina cerró 1992 y 1993 con inflaciones de 24.9% y 10.6%, lo que provocó que los bienes argentinos de exportación se rezagaran en términos de precios notablemente en relación con los de importación, provocando un déficit en la cuenta corriente. Este déficit se hizo presente desde bien temprano en Argentina, que había cerrado el año 1991 en apenas 0.2% del PIB, pasando a 4% del PIB en 1994, que en términos de dólares representa un cambio de US $647 millones a US $9,959 millones.

Así empezó Argentina a acumular esa terrible deuda externa que hoy tiene, pasando de 67 mil millones de dólares en 1991, a 141 mil millones en el 2001, el país del tercer mundo que más se endeudó durante la década, con un incremento neto de su endeudamiento de unos 75 mil millones de dólares. Esta inmensa deuda, más los crecientes déficit en cuenta corriente que empezó a experimentar el país sembraron dudas en los agentes económicos, principalmente locales, que empezaron a cambiar sus cuentas a dólares y a sacar capitales de Argentina.

En un ambiente de caja de conversión, esto genera una caída en la cantidad de moneda local en la economía (están saliendo dólares por el déficit en cuenta corriente y vía fuga de capitales, y a nivel local los agentes económicos están cambiando el dólar por el peso), lo que provoca una subida en las tasas de interés en moneda local. Esta subida – si el esquema cambiario es creíble – según los libros de texto debe provocar un aumento de la inversión en el país – que se incorpora para tomar ventaja de las altas tasas de interés locales – y ese incremento de la inversión reestablece la cantidad de dinero en la economía y estabiliza la demanda interna.

En la vida real, la experiencia indica que cuando los inversionistas tienen dudas sobre la sostenibilidad de un esquema cambiario, un aumento drástico de las tasas de interés no ayuda; por el contrario, aumenta la percepción de inestabilidad y pone a riesgo al sistema financiero. En Brasil, por ejemplo, antes de la devaluación del real en 1999 y luego de que el déficit en cuenta corriente subiera de 2.6% a 4.6% del PIB en el período que duró el sistema cambiario fijo, las tasas llegaron a ser de 45% en términos reales, y aún así no alcanzaron para convencer a los inversionistas.

Por otro lado, el desempleo resultante de la recesión argentina fue siempre importante, comenzando en 20% en los años siguientes a la implementación de la caja, y en su mejor momento apenas bajó a 15%; para situarse ahora, en plena crisis, en 18%.

¿Es que la caja no sirve?

El problema de la caja no es la caja per sé, sino la ingenuidad de pensar que al adoptar la caja se soluciona el déficit (Argentina demostró que no, y que o bien la irresponsabilidad o la necesidad de implementar una respuesta contra-cíclica pueden obligar al gobierno a tener déficit fiscales), se reduce la inflación (esto sí ocurre, pero después de unos dos a tres años, para entonces el rezago de los precios locales versus los foráneos es insostenible, poniendo un peso gigantesco sobre el sector exportador de la economía); se puede controlar la deuda (en respuesta al déficit en cuenta corriente y a la fuga de capitales, aumentar la deuda es la única alternativa para sostener el esquema en el corto plazo), y se puede mantiene bajo el desempleo (la respuesta a una crisis recesiva externa es más recesión, de manera que la caja por sí sola no va a resolver el desempleo).

La ironía de la adopción de la caja, como bien apuntó Gustavo García en los albores de la adopción de ese mecanismo y cuando se presentó esa discusión en Venezuela, es que no funciona mientras tengas déficit fiscal, inflación, desempleo, y déficit en cuenta corriente; y una vez que has logrado corregir estas cosas la caja se podría mantener, pero ya no hace falta.

¿Cuáles son las posibles salidas?

Las opciones actuales de Argentina van de las más difíciles a las difíciles, de las más dolorosas y traumáticas, a las traumáticas. Algunos economistas han argumentado que una mejor manera de evitar el overshooting de la tasa de cambio y seguir manteniendo los beneficios de una moneda más barata (devaluada) consiste en devaluar, y luego dolarizar. La esperanza es que la dolarización disuelva el riesgo cambiario en Argentina y logre disminuir las tasas de interés. Sin embargo, la dolarización mantendría la rigidez cambiaria que le ha sido tan costosa a Argentina, y no traería ningún alivio ni a la recesión ni al desempleo.

Lo que más probablemente ocurra es un intermedio entre todas las alternativas, en donde algunas deudas (i.e. hipotecas) son re-denominadas en pesos previo a la devaluación, mientras otras (i.e. deuda corporativa) se dejan en dólares y sus dueños sufrirán las consecuencias. A los depositantes quizás el daño se les inflija de manera más disimulada, cambiando la tasa de interés y la madurez de sus depósitos, y manteniendo las restricciones sobre los retiros.

La única manera de evitar las bancarrotas masivas es mantener la paridad peso-dólar, pero en medio de la inestabilidad política y social eso sería insostenible, porque va a significar unos años más de deflación y recesión, y en el largo plazo, esa deflación y recesión le harían a las empresas, bancos e individuos el mismo daño que podría causarles la reestructuración actual de balances, pero de manera más paulatina. En pocas palabras, las bancarrotas son inevitables. Pero es necesario un programa coherente de largo plazo para que esas bancarrotas no ocurran en vano, y los argentinos vuelvan a sentir que el futuro existe.

Para colmo de males el Presidente Duhalde ha dejado la impresión de que Argentina podría retornar a las medidas populistas que son cosa del pasado en la mayor parte de los países de América Latina, planeando ponerle límites fijos de precios a los bienes de consumo y a algunos servicios, incluyendo el pan y las tarifas telefónicas, en un intento por evitar la hiperinflación (inducida por la devaluación) de finales de los ochenta.

Adicionalmente, las relaciones entre el Fondo Monetario y Argentina se han deteriorado considerablemente, con algunos oficiales del gobierno quejándose de la excesiva intromisión del FMI (no se quejaron antes, cuando el FMI intervino para ayudarle a sostener la caja de conversión); y el FMI colocando a Argentina en su “lista negra”.

La situación de Argentina se debe leer como un fracaso de un arreglo cambiario que colocó al país en una situación extrema de vulnerabilidad. Sería una torpeza interpretar el fracaso de Argentina como un fracaso del “libre mercado”. Existen muchas economías de libre mercado con arreglos cambiarios más flexibles que se han mantenido creciendo equilibradamente aún a pesar de los shocks externos.

Miguel Angel Santos