A mi dirección de correo electrónico llegó un comentario de un extraño lector en relación con mi artículo “Seis Años Después” (El Universal, 07/02/2005), un balance de los seis primeros años de gestión económica de la administración actual. Raro el lector, que no el hecho en sí ni aún el comentario, por tres razones principales. La primera, responde en perfecto inglés, bastante bien argumentado. La segunda, es anónimo, firman apenas dos iniciales, AS. La tercera, acaso la más extraña, incorpora a la comunicación copias a las direcciones de email de Rodrigo Eduardo Cabezas Morales (sic), Jorge Giordani, Clodovaldo Hernández, Per Kurowski, y José Ricardo Sanguino Cárdenas.

Vamos primero con la parte económica, que quizás sea lo de menos. Decía yo que Venezuela había pasado de deber 28.8% del tamaño de su economía (PIB) en 1998, a deber 45.9% al cierre del año 2003. Este es un indicador importante, puesto que lo que cuenta no es tanto lo que se debe en términos absolutos, sino qué representa esa deuda como porcentaje del ingreso nacional. También comentaba yo que, si bien la cifra (45.9%) se encuentra alrededor del promedio de otras economías de América Latina (si se deja fuera de ese cálculo a Chile), aquí lo que preocupaba no era tanto la foto, sino la película, sobretodo si se toma en cuanta que habían sido cinco años (1998-2003) de relativa bonanza en los precios petroleros.

En su argumentación en inglés, AS comentaba que “sumar juntos los montos de las deudas que están denominadas en monedas diferentes puede llevar a confusión ( misleading), puesto que el monto de la deuda es irrelevante siempre que los pagos de amortización puedan ser refinanciados”. En relación con lo primero, si bien pueden existir detalles técnicos que se deben tomar en cuenta a la hora de sumar deudas en monedas diferentes, decir que sumarlas no es procedente es el equivalente a decir que una corporación internacional, que tiene su deuda denominada en monedas distintas, no puede presentar en sus estados financieros el total de la deuda, no puede decirle a sus accionistas cuánto se debe en una única moneda. En segundo lugar, si bien es importante que la deuda pueda ser refinanciada, no es menos cierto que mientras mayor sea como porcentaje del ingreso, más dificultades tendrá el proceso de roll-over.

Más adelante, comenta AS que lo importante es que, a diferencia de 1998, ahora un poco menos del 40% de la deuda pública está denominada en bolívares, pagando tasas de interés reales negativas de 5%, lo que reduce significativamente los intereses en términos reales, una ventaja de financiamiento que el gobierno no puede desperdiciar.

En esto punto le asiste la razón. El gobierno ha implementado desde hace 24 meses un control de cambio que obliga a los ciudadanos venezolanos a mantener sus ahorros en bolívares a tasas entre 10% y 15% por debajo de la inflación, infligiéndoles una pérdida forzada en su poder adquisitivo. Gracias a ese subsidio del ciudadano común al gobierno, el gobierno está pagando intereses negativos en términos reales, como dice AS.

Ahora bien, que alguien se haya tomado la molestia de opinar en inglés, de forma anónima, y con copia a las direcciones personales que ya se han mencionado, quizás sea lo más representativo del episodio. Quizás responda a alguna relación de dependencia, o probablemente esté buscando (o pagando) favores. Emitir opinión en cualquiera de esos dos casos sí puede generar confusión, por cierto, bastante más de la que produce sumar la deuda emitida en monedas diferentes. Más confuso, y más misleading también.

Miguel Ángel Santos