Una de los términos económicos que entre los lectores no familiarizados con la materia suele provocar mayor incomodidad, confusión, y hasta desgano, es aquél manoseadísimo de la “necesidad de un ajuste”. Ajuste se encuentra asociado a apretar, rebajar, hacer dieta, abandonar ciertos hábitos adquiridos hace más o menos tiempo, volver a la normalidad, aterrizar, despertar.

Vamos a revisar algunos ejemplos de ajustes económicos a ver si se entiende mejor. Durante los 15 años que transcurrieron entre 1983 y 1997, el presupuesto de gastos del gobierno promedió 23% del tamaño de nuestra economía (PIB). Como suele suceder con el presupuesto familiar, cuando los ingresos disminuyen de forma súbita y permanente (como ocurrió con el ingreso petrolero real por habitante en esos quince años), los niveles de gasto sólo se pueden sostener a punta de mayor endeudamiento. Si eso llega a ocurrir, el gobierno en cuestión se encuentra ante la disyuntiva de ajustar los niveles de gasto, o demorar el ajuste endeudándose (lo que a su vez obligará en el futuro a mayores ajustes). Ese primer ajuste (fiscal) resulta doloroso, en un país en donde el gasto público se concentra predominantemente en su componente corriente: sueldos y salarios, becas, escuelas, hospitales, universidades, ascensoristas e hipódromos. Ese primer ajuste viene a colación porque el nivel estimado de gasto en el que están incurriendo el gobierno central y PDVSA hoy en día supera 35% del tamaño de nuestra economía, basado única y exclusivamente en el ingreso petrolero.

Ese ajuste trae consigo un ajuste automático en la tasa de desempleo (laboral), sencillamente porque el gasto del gobierno pierde capacidad para seguir sosteniendo el mismo número de empleados públicos. Ese segundo tipo de ajuste en el empleo no solo ocurre por los despidos (numerador), sino que vuelven al mercado laboral quienes habían sido mantenido alejados a punta de real (denominador).

Si los precios del petróleo suben, y el gobierno decide no devaluar y utilizar los dólares para importar barato, el día que esos precios caigan - o simplemente dejen de crecer a ese ritmo - el país se queda con una demanda de divisas que no puede satisfacer (al menos no a la misma tasa), y con unas importaciones que no puede mantener, lo que obliga a hacer un ajuste en la tasa de cambio (cambiario). Este ajuste viene a colación a raíz de que las importaciones durante el 2005 van a superar 25 mil millones de dólares (20% del PIB), cifra récord en la breve historia económica de Venezuela.

Si además de las importaciones baratas, el gobierno desea bajar la inflación a ultranza para exhibir en la campaña electoral “un dígito” como logro de la política económica, entonces hace falta que el BCV emita bonos y recoja el dinero que el gobierno está lanzando a la calle por la vía del gasto público. Si cuando esos papeles se extinguen la inversión y el crecimiento no han aumentado, entonces el BCV debe emitir nuevos papeles para recoger el principal y los intereses vencidos. Así sucesivamente, hasta que el BCV no puede seguir acumulando papeles y pagando intereses. Ese día se produce otro ajuste (monetario), que viene a colación a raíz de que al cierre de Junio había emitido papeles para secar dinero equivalentes al 71.8% de la base monetaria.

Irónicamente, si un gobierno sigue los senderos que aquí se han descrito, se garantiza que todos estos ajustes ocurrirán de forma simultánea, por lo que los economistas utilizan la expresión “ajuste” para referirse a todos esos ajustes, que terminan siendo uno sólo. ¿Mejor?

Miguel Ángel Santos