La escena es grotesca, escapa a cualquier adjetivo fácil, ya ha ocurrido varias veces en el pasado y volverá en el futuro. Ahí está el Presidente, dirigiéndose a su Asamblea uni-partido, en reunión incestuosa, leyéndole un documento según el cual cada vez tendrá menos poder de decisión, menos injerencia, menos que ver con el acontecer nacional, en resumen, menos que hacer; leyéndole unas normas diseñadas por un círculo de colaboradores no demasiado conocido, según las cuales la Asamblea pasa a ser una reunión periódica de ex-miembros de algún club (el del poder), un mero ejercicio discursivo. Alguien ha dicho en estos días que estamos ante una realidad kafkiana; no es así, es anti-kafkiana: Estamos ante la eliminación completa de la burocracia, ante la concentración de todos los procesos vitales en una persona expresamente definida y fácil de identificar. Y he aquí que, como colofón, ese conjunto de miembros del cuerpo desautorizado se levanta y aplaude de pié.

En este último discurso se ha utilizado varias veces la frase “así de simple”. La muletilla ha develado cierta inquietud, acaso cierta curiosidad, cuando se trataba de leer aquellos artículos más duros de tragar. Ocurrió con el alargue del período a siete años y la re-elección indefinida. “Así de simple”. Y ocurrió también con la administración directa de nuestras reservas internacionales y la eliminación (formal) de la autonomía en el Banco Central de Venezuela (BCV). Ahí está el Presidente de la República proponiéndole a la Asamblea y al país entero que será él quien decidirá sobre el destino de nuestras reservas internacionales, el único capaz de precisar: ¿Qué será mejor, tener estos dólares en el BCV, a la vista de todos, reportados a diario e invertidos en instrumentos de bajo riesgo; o pasarlos a un fondo que administro yo, sin rendirle cuentas a nadie, que puedo utilizar para financiar todo tipo de actividades, incluyendo (sin-estar-restringido-a, como dicen los abogados) campañas electorales dentro y fuera de Venezuela?

No se requiere de ningún esfuerzo para concebir un escenario en donde esa enorme caja chica que mantiene el gobierno en el exterior se agota (su poder de compra está sobre-estimado) e induce a reducir la cifra óptima de reservas a un nivel cada vez menor, la diferencia transferida a aquél barril sin fondo. Después de todo, esta administración siempre ha cometido la equivocación de considerar las reservas internacionales como un lujo, un ahorro, y no como una medida de respaldo a la moneda nacional. De ahí a Zimbabwe no hay nada, como se desprende de una entrevista reciente dada por Gideon Gono, “gobernador” del banco central de ese país: “Aquí no hacen falta dólares para construir autopistas y embalses, lo que se necesita es moneda local, así que nosotros la imprimimos y financiamos así el desarrollo de nuestra infraestructura”. Todo eso, así de simple, en medio de una galopante inflación que ya supera 4.000% y ha provocado olas de millones de refugiados emigrando a países vecinos ya de por sí bastante frágiles, toda una crisis internacional. La frase que cierra esa entrevista también es elocuente: “Zimbabwe will not die”. Sus habitantes son otra cosa.

Miguel Ángel Santos