Me viene a la memoria una película dirigida por Giuseppe Tornatore en 1995: “El hacedor de estrellas”. En ella, un estafador que dice representar a grandes compañías cinematográficas recorre las villas de Sicilia ofreciendo a sus humildes habitantes, por una pequeña suma de dinero, la oportunidad de convertirse en estrellas de cine. Joe Morelli (Sergio Castellito) sólo cuenta con una vieja cámara portátil y una pequeña tienda de campaña, dentro de la cual mujeres y hombres deben dramatizar algunas líneas de “Lo que el viento se llevó”, Scarlett O´Hara o Rhett Butler según el caso. Los participantes, en medio de la excitación y de los nervios que sienten ante la cámara, ya sea porque olvidan sus diálogos o porque francamente lo prefieren así, pasan a describir su propia vida, su realidad, sus temores y sus sueños, sus oportunidades perdidas, y más importante aún, sus secretos. Morelli construye así un archivo invalorable de testimonios humanos al tiempo que les da la oportunidad de desahogarse y de encontrarse de nuevo en su propia historia. Siendo un estafador de oficio, no logra darse cuenta de la importancia de esta tarea ni del propio valor de las filmaciones sino hasta el propio final de la película, cuando un conjunto de causas y azahares que no vienen al caso precipitan sobre él su propia tragedia.

“Así nos tocó vivir”, fruto del trabajo conjunto de una combinación improbable, profesores e investigadores por un lado, y contadores de historias, por el otro, es lo más parecido a esa secuencia de Tornatore que se puede encontrar por estos lados. El libro ha nacido como una secuela humana necesaria para darle calor a la fría estadística contenida en “Detrás de la Pobreza”. A partir de los tipos culturales definidos en este último se ha seleccionado aleatoriamente una muestra de siete personas y se ha profundizado en el estudio de su realidad cotidiana, de sus matices, de esas cosas que resulta imposible agrupar en categorías. Esto se ha hecho enviando un equipo de investigadores a entrevistarse y hasta pasar algunos días con ellos, recogiendo todos esos pedazos de realidad que en definitiva terminan conformando sus retratos. El trabajo de este equipo de investigadores ha sido consignado ante siete contadores de historias (Alberto Barrera, Alonso Moleiro, Armando Coll, Marielba Núñez, Milagros Socorro, Vicente Lecuna y Tamoa Calzadilla), que se han encargado de reconstruir de nuevo el retrato, a partir de esos pedazos, de alguien a quién jamás han conocido personalmente.

Ese es el valor más destacado del conjunto de relatos: resaltar la cotidianeidad, convirtiendo a estos siete personajes en protagonistas y también en espejos. Si hubiese que resaltar un solo aspecto de este conjunto yo me quedaría con el deseo de todos los entrevistados por tener una mejor historia que contar. Mejor que su lucha diaria con la inseguridad, con el desempleo, con el transporte público, con la falta de servicios, una historia mejor que el puro sobrevivir. Esa expresión de “me gustaría que alguien me enseñara a superarme” prácticamente destila del conjunto de historias. Allí nadie habla de limosnas. Uno recuerda que el trabajo de los gobernantes debe estar focalizado en dar a los ciudadanos la oportunidad de tener una buena historia que contar. Estas historias, así como están, nos ponen en el lugar del otro y nos obligan a pensar cómo podríamos hacer esa oportunidad posible. Eso es precisamente lo único que lograría diferenciarnos de Morelli el estafador. Es eso, o simplemente escucharlas y tirarlas al cesto de la basura; hasta que nuestra propia tragedia nos obligue a volver a ellas.

Miguel Ángel Santos