Hace un par de semanas, siguiendo una costumbre que adquirí a partir del primer año de gobierno de Chávez, publiqué en este diario una nota sobre la herencia económica de cuatro años de revolución. Al igual que los tres años anteriores, los resultados del ejercicio fueron amargos. Este año, sin embargo, la circunstancia del país nos exige un esfuerzo adicional: pensar en cuáles serían las bases con que contamos para empezar a reconstruir la aporreada economía del país. Comentaba yo en esa misma nota, que si Venezuela lograba superar en forma constitucional la transición entre la salida de Chávez y la instauración de un nuevo gobierno legítimo, la recuperación económica del país podría comenzar en un período de seis meses. Estoy convencido de que es así.

Basta con cuatro iniciativas de muy corto plazo, puestas en práctica dentro de un marco de política económica y social más amplio y coherente, para poner a crecer de nuevo a Venezuela. En primer lugar, unas caras nuevas en el gabinete económico, que generen credibilidad en los mercados internacionales, no van a tener ningún problema en conseguir financiamiento externo de largo plazo, para sustituir la deuda interna de corto plazo que está asfixiando al gobierno de Chávez. Esta renovación del perfil de la deuda venezolana es esencial para aliviar al sistema financiero doméstico de sus inmensas acreencias de corto plazo con el sector público, y para abrir espacios para el aumento del gasto social dentro del presupuesto nacional.

Esta segunda iniciativa, el aumento del gasto social, debe estar focalizada en educación, salud e infraestructura, esta última con un amplio potencial para generar empleos. En tercer lugar, es necesario devolverle la autonomía al Banco Central de Venezuela, eliminando cualquier figura de financiamiento monetario del déficit fiscal. Esta disciplina monetaria tendría efectos favorables sobre el nivel de precios, y facilitaría la implementación de un sistema cambiario flexible que evite los rezagos tan comunes en el pasado, y contribuya a la diversificación de la economía. No más períodos de sobrevaluación, aumentos de importaciones y fugas de capitales, seguidos por macrodevaluaciones puntuales. En cuarto lugar vendría la recuperación de la ley original del FIEM de 1998, con reglas claras de ahorro y desahorro, y ninguna discrecionalidad para el uso de los recursos del fondo, salvo circunstancias de verdadera emergencia nacional.

Todas estas medidas, implementadas por un gobierno legítimo dentro de un marco de estabilidad institucional, tienen el potencial de poner a crecer a la economía venezolana a tasas entre 8%-10% por dos o tres años. El gobierno de Chávez deja como herencia un inmenso ajuste cambiario, y una capacidad ociosa instalada cercana al 50%, que pueden servir de base a ese crecimiento, mientras se recupera la inversión. Estas políticas pueden servir de encendido al proceso de crecimiento, pero no pretendo sugerir que de esta manera se puede resolver el inmenso problema de pobreza que enfrenta el país. Sin un programa serio, integral y específico para atacar a mediano y largo plazo la pobreza, el crecimiento económico resultante no va a pasar de ser un episodio efímero, como los que ya experimentó Venezuela entre 1986-1988, 1990-1992, y 1995-1997. Esta vez tenemos la urgencia de poner a rodar el país a corto plazo, pero con una idea clara de a dónde queremos llegar en el futuro, y un plan específico de cómo hacerlo.

Miguel Angel Santos