Uno nunca puede saber cuándo es la última vez. Como escribe Javier Marías: “Es que sólo la última vez es la última”. Confieso que es un tema que me obsesiona, que se me hace presente a diario. Nunca sabemos cuándo es la última vez que vemos a alguien, que atravesamos un camino, que entramos o salimos de algún lugar. Esta preocupación acaso sea inútil. Como decía Cesare Pavese: “Uno piensa en cuando era niño: ‘Hubiera jugado más’. Pero si alguien te lo hubiese dicho entonces, no hubieras sabido por dónde empezar”. No siempre es así. A veces la conciencia de la posibilidad de una última vez nos ayuda a aprovechar mejor cada ocasión. Por eso, antes de salir de Venezuela, quise visitar a Carmelo Lauría.

Mi idea era, en principio, que hiciéramos una serie de conversaciones sobre su colosal experiencia en la administración pública venezolana. Tenía, en esencia, tres motivaciones. Estaba interesado en escuchar, de primera mano, cuáles eran las circunstancias, las restricciones institucionales y el proceso de decisión colectiva que regía la política económica durante los más de treinta años de su vida pública. Difícilmente alguien mejor capacitado que él. Esto, a su vez, por otra razón. Existe entre nosotros la mala costumbre de achacar las equivocaciones de los demás a su ignorancia, oscurantismo o alevosía (a veces es así, otras no tanto). En el caso de Carmelo, también de Gustavo Tarre, no creo que se pueda decir que así sea. Y, sin embargo, ambos ocuparon posiciones muy importantes en gobiernos que tomaron pésimas decisiones. Por otro lado, me parece triste que seamos un país tan poco propenso a preservar la memoria, ya no sólo de nuestros presidentes (acaso Rómulo Betancourt sea la única excepción), sino también de los hombres públicos en general. No se trataba de una apología, que no le hacía ninguna falta y ninguna gracia, sino de rescatar de sus recuerdos aquellas cosas que puedan ayudar a entendernos mejor como sociedad.

Aunque llevaba ya bastante tiempo luchando con el cáncer, me recibió en la puerta de su casa con esa mezcla de audacia, temeridad y bonhomía que lo caracterizaban. Era un jueves de los últimos de julio, al final de la tarde. Atravesamos una suerte de sala contrahecha, característica de esas casas que resultan de la unión de otras dos, y llegamos al patio. Nos sentamos en unas sillas de hierro. Prendió un cigarro, no sin antes voltear por encima del hombro (lo tendría prohibido). Conversamos un par de horas. Por la grabadora desfilaron los episodios de renegociación de la deuda, los Brady, el Plan IV de SIDOR, el Cristóbal Colón, el Banco de Venezuela, Tinoco, Lusinchi, Caldera y CAP. Era un extraordinario conversador. No eludía el debate, lo apreciaba, pero no cedía parcela. Con el era casi tan fácil conversar de cualquier cosa, como difícil convencerlo de alguna. Me prometió que vendría más adelante, para complementar aquella conversación inicial, tan general, con mayor detalle y de forma más organizada. Su firme voluntad de vivir hacía imposible referencia alguna a la posibilidad de que aquella fuera la última vez. No le dio tiempo para más. Está enterrado en un pedazo de tierra venezolana. Que descanse en paz.

Disponible en:
http://www.eluniversal.com/opinion/101210/carmelo-...


Miguel Ángel Santos