Chomsky

La primera vez que supe de Noam Chomsky fue a comienzos de los noventa, por un librito titulado Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo. El texto en cuestión contenía una galería de entrevistas con personajes que su autor, el periodista francés Guy Sorman, había identificado como verdaderos revolucionarios del pensamiento moderno. A raíz de sus contribuciones ya no había sido posible seguir pensando como hasta entonces en cada una de sus disciplinas. El horizonte cubierto era amplio, desde los orígenes de la humanidad hasta la economía. En cada sección se presentaban los paradigmas de la especialidad, los límites del conocimiento y las contribuciones de cada pensador a la luz de otras teorías que competían por explicar los mismos fenómenos. Hago esta larga introducción sólo para resaltar la figura del pensador, la del hombre sólo que se enfrenta a los problemas y rompecabezas de su disciplina y de su tiempo, diseña modelos y levanta teorías en un esfuerzo atlético por arrebatarle terreno a la ignorancia. Chomsky se había ganado un lugar en aquella galería por su concepción del lenguaje como capacidad biológica innata, en contraposición a la visión socio-cultural. Según él, el entorno apenas provee los recursos necesarios para el desarrollo del lenguaje, pero no alcanza a explicar la enorme complejidad creadora de nuestra posibilidad lingüística. En cualquier caso, tanto el método como la fama que ganó a través de sus contribuciones en esta disciplina, los utilizaría luego disertar sobre una serie de fenómenos políticos. Es con ésta última versión de Chomsky con la que la mayoría de los lectores están familiarizados.

Me cuesta pensar que no hay varios Chomsky, sino uno sólo, ese que ha salido a nuestro encuentro y que ahora señala el camino a su oficina con el paso cansado de sus ochenta y cinco años. Hace ya algunos que meses que se me vino a la mente la posibilidad de conversar con él y me senté a escribirle una nota con filigrana de orfebre. Tras dejar clara mi condición de opositor, mi participación en la campaña electoral de 2012, le manifesté mi interés por discutir las “diferentes perspectivas que había tomado en relación con la situación venezolana en estos últimos años”. Me refería yo al periplo que va desde su visita a Caracas en Agosto de 2009 (en el video se le nota algo desencajado, poco elocuente, aún así apuntalando a “ese mundo mejor que ha sido creado en Venezuela… y a su gran inspirador”); pasando por sus posteriores denuncias sobre “los excesos de la concentración de poder” y “el asalto a la democracia”, hasta su contribución decisiva en la liberación de la jueza María Afiuni. Esta referencia le ha provocado una reacción inmediata, como si de repente se hubiese visto retratado en una foto en donde habría preferido no estar. “Sólo quisiera aclarar, que yo he escrito, hablado y en algunos casos me he involucrado directamente en América Latina, pero no es el caso de Venezuela. Yo apenas he escrito o dicho alguna palabra sobre Venezuela, aunque hay muchos rumores acerca de mis supuestas opiniones. Mi única participación ha sido en una protesta muy prominente acerca de violaciones en los derechos humanos”.

Aunque esas comunicaciones por escrito hayan ocurrido hace meses, es lo primero que sale a relucir cuando aún no nos habíamos acomodado en nuestras sillas. “¿Qué es lo que dice que ha leído?” Habla rápido, pero en ráfagas cortas, tras las cuales vuelve a tomar aire. “Usted no ha leído nada, no puede haber leído nada que yo haya escrito, porque jamás he escrito nada sobre Venezuela”. Cuando le recuerdo que hace algunas semanas, en una conferencia con estudiantes de Yale, ha vuelto a alabar el récord del gobierno venezolano en reducción de pobreza y desigualdad, me contesta: “Sí, eso sí lo dije. ¿Y no es así? ¿No se ha reducido la pobreza? ¿No hay un gobierno, o al menos no lo hubo en algún momento, preocupado por reducir la desigualdad y la pobreza?” Chomsky hace énfasis en el contexto. Para él, Venezuela se convirtió en un mecanismo de distracción del propio gobierno de los Estados Unidos, que en lugar de centrarse en sus propios problemas, lanzó una ofensiva desproporcionada en contra de Hugo Chávez, convirtiéndolo en enemigo internacional. “Es importante siempre tener en cuenta el contexto en el que se dicen las cosas”.

La conversación deriva inevitablemente hacia el legado de Chávez. Deja un país dividido, vuelto contra sí mismo. “Sí, pero ¿por qué está dividido?”. Trato de no caer en la provocación y le hago referencia a la estrategia de Chávez para reducir la pobreza. En esencia, se trata de repartir entre los pobres el dinero proveniente no sólo de la bonanza petrolera, sino del endeudamiento irresponsable. Se les ha pagado para asistir a unas escuelas y a unas universidades en donde no se les enseña nada, donde se le dan títulos express, que no les garantizan ninguna posibilidad de progreso. Aún suponiendo que aprendiesen algo, no existe un mercado privado que demande esas capacidades, por lo que sólo les queda seguir dependiendo del gobierno. Ha sido una estafa. La reducción de la desigualdad y la pobreza es apenas circunstancial, no es sostenible. En esto está dispuesto a convenir. “Estoy de acuerdo en que no se ha creado un sistema sostenible… Pero yo he visto muchos estudios de opinión: ¿Por qué la gente sigue estando del lado del gobierno? ¿Qué les dice el gobierno que no les dicen ustedes? En Venezuela había unas élites que durante mucho tiempo concentraron el poder y mantuvieron oprimidos a los pobres… Chávez representa esa voz, les ha dado reconocimiento, legitimidad”.

Chomsky encuadra su pensamiento dentro de un contexto más amplio. Según esa línea de argumentación, las élites de América Latina se apropiaron del poder, monopolizaron la riqueza y los medios de comunicación, y se atrincheraron en un sistema que toleraba ciertas libertades, pero no lo suficiente como para representar un riesgo al status quo. Tras el fracaso de la crisis de la deuda de los ochenta y los paquetes de ajuste patrocinados por el FMI en los noventa, el dique se desbordó. “Recuerde siempre que hay sólo dos opciones: Acabar con la pobreza o acabar con la democracia”. El problema está en que Chávez comenzó por la primera y terminó en la segunda. Su legado es una élite, mucho peor que aquellas otras, que para mantenerse en el poder no solo está dispuesta a tolerar muchas menos libertades, sino que además necesita de una concentración, corrupción y represión, mucho mayor a la de la élite anterior. ¿Y entonces? ¿Cómo salimos de aquí?

“Ese es el reto de ustedes. Entiendo que existen limitaciones a la actuación política, pero no es un régimen fascista… ¿Por qué no hacen ustedes más trabajo político de base (grassroots)? ¿Qué se los impide? Según entiendo, en las últimas dos elecciones Capriles se ha presentado como una versión mejorada de Chávez… ¿A dónde van ustedes con eso? ¿Cuál es la propuesta?”. Hace rato que ha pasado la hora, pero él sigue preguntando, teorizando. “¿Tienen algún documento serio que me sirva para evaluar las misiones de Chávez? Tengo tiempo queriendo hacer algo sobre eso… pero no hay información…”. Siempre dispuesto a señalar al elefante banco, a recordarnos eso que ya todos sabemos, pero que muy pocos quieren oír. Acabas con la pobreza o acabas con la democracia. Es Chomsky. Sin ninguna duda, uno de los verdaderos pensadores de nuestro tiempo.




Miguel Ángel Santos