A estas alturas ya resulta evidente que aquél esfuerzo por alinear la monserga del crecimiento endógeno y el autoabastecimiento con la política económica ha sido abandonado en razón del más puro pragmatismo. Fue apenas un breve entusiasmo, avivado por la euforia electoral. Nada más. En febrero, CADIVI ha vuelto a fijar récord en la aprobación de divisas, 167 millones de dólares diarios que se llevaron por delante los 142 millones de enero. En el Banco Central, las liquidaciones en febrero alcanzaron 189 millones de dólares diarios. No se observa en la evolución de aprobaciones y liquidaciones ningún cuello de botella. CADIVI ha eliminado de su página web la distribución sectorial de divisas. Es decir, se siguen distribuyendo en cantidades abundantes, no necesariamente entre los mismos.

Las importaciones baratas son el único dispositivo anti-inflacionario con que cuenta el gobierno. Esta política tiene sus límites. Para ponerlo en contexto, si durante todos los días hábiles del año se liquidan 189 millones de dólares a tasa oficial, el total del año alcanzará 48.006 millones de dólares. Las exportaciones petroleras de 2006, en medio de una extraordinaria bonanza de precios, alcanzaron 58.438 millones de dólares. El consumo venezolano es una burbuja, un espejismo.

El sistema de incentivos implícito en esta política de importaciones a ultranza está provocando el correspondiente reacomodo en la actividad económica privada. La mayoría de las subsidiarias de empresas extranjeras que operan en Venezuela han seguido el mismo récipe: Sacar del país la operación de producción, importar desde algún lugar vecino, aumentar precios en función de la inflación local, y repatriar dividendos a una tasa de cambio oficial (fija y sobrevaluada). Así, evitan la mayoría de los obstáculos en términos de costos de producción, impuestos a la nómina, sindicatos paralelos; minimizan las pérdidas que podrían ocurrir en el evento de expropiaciones o violaciones al derecho de propiedad, y a la vez aseguran un flujo saludable de dividendos en dólares. El mensaje implícito sigue siendo el mismo: Yo te voy a proponer un arreglo en el que ganas más, trabajando menos. Estas decisiones de ubicar facilidades de producción en determinado país se hacen cada cierto número de años. Traer de vuelta mañana a quien se largó hoy no será fácil.

Ahí es en donde están los verdaderos riesgos. Ya la planta industrial venezolana alcanzó su capacidad instalada. Muy pronto vamos a alcanzar también el punto en que el BCV liquida a 2.150 la totalidad de las exportaciones petroleras. Mientras tanto, el segundo producto de exportación venezolano seguirá siendo el empleo, los puestos de trabajo que ese discurso aterrorizador del capital privado sigue mudando lejos de Venezuela.

Ese es el verdadero riesgo. Que se haya impuesto el pragmatismo sobre la utopía sólo nos ha evitado acelerar el caos, descontarlo del futuro, hacerlo presente mucho antes. Acaso se hayan ganado algunos meses que podrían ser utilizados para organizar un sistema de canales capaz de recoger el descontento que sigue regado por toda Venezuela. Por ahora, las leyes de la economía le han puesto un freno espontáneo a la revolución.

Miguel Ángel Santos