Siempre he pensado en lo difícil que resulta prevenir a la opinión pública sobre la calidad y la naturaleza de las estadísticas que registra nuestra economía. Como dije en alguna ocasión, uno se siente a veces como quien se aparece con la cuenta en la última cena. Más aún cuando, por estos días, quienes más se aferran a esas estadísticas son los mismos que durante la segunda administración de Pérez vivieron sermoneando “para qué sirve el crecimiento, si el país se está muriendo de hambre”, “mucha macroeconomía, sí, pero nada de eso le está llegando al pueblo”, “aquí lo único que crece es la corrupción y el robo”, etc., etc. Y entonces se me ocurrió que quizás resulte útil comenzar por un ejemplo.

Casi todo el mundo está de acuerdo cuando se trata de señalar el inicio del colapso de la economía venezolana, casi todos apuntan al primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Al igual que éste, aquél disfrutó de una inmensa bonanza petrolera, que derrochó en proyectos faraónicos, ya no en el exterior, sino en la vecindad del estado Bolívar. Midiendo con la misma vara que hoy utilizan los acólitos del gobierno con insistencia ciega, se puede constatar que aquella gestión cerró con un balance extraordinario. ¿Crecimiento? Durante la primera administración de CAP promedió 6,0%. ¿Inflación? La inflación en aquellos cinco años promedió 8,0% anual, una cifra idéntica a la de los Estados Unidos en aquél período. ¿Desempleo? La cifra más baja de desempleo de nuestra historia se registró en el último semestre de aquél quinquenio (1978): 4,3%. Era la época de los ascensoristas, de los cuidadores de baño, y de tantos otros oficios inútiles que fueron financiados con la renta de aquella bonanza. ¿Estabilidad cambiaria? En aquellos cinco años no hubo ninguna devaluación, y mejor aún, como nuestra inflación se mantuvo a la par de la de nuestros principales socios comerciales, no se puede decir que la tasa de cambio se haya sobre-valuado de forma masiva.

Y he aquí que, a pesar de todo esto, muy poca gente duda en señalar a aquél período como el comienzo del fin de nuestra ilusión de armonía, esa misma ilusión que se daría de bruces contra el suelo cinco años más tarde, el viernes (negro) 18 de Febrero de 1983.

El período actual comparte también otros signos, menos afortunados, con aquella Venezuela saudita. Aquél colapso también fue precedido por un estancamiento en la producción petrolera, y por un esfuerzo del gobierno por aumentar a toda costa la participación fiscal en esa industria (nuestra producción actual es muy similar a la de entonces). Al igual que hoy, en ese entonces existía una expectativa de precios crecientes: A mediados de los años setenta, empresas como Exxon y el Departamento de Energía de los Estados Unidos proyectaban precios para finales de siglo entre 150 y 250 dólares por barril. Más aún, hacia finales de aquella década se hizo evidente que el modelo de crecimiento basado en la sustitución de importaciones estaba agotado, la caída libre en la productividad del trabajo y del capital así lo establecían. Hoy ya tenemos más de un cuarto de siglo tratando de exprimir aquél modelo acabado, lamiendo las paredes de aquél tarro vacío.

Aquella cena, que alcanzó su clímax con la inmensa torta que trajo a la mesa Luis Herrera Campins, le costó a Venezuela veintisiete años de empobrecimiento continuo, que siguen contando. En este largo período los venezolanos no sólo perdieron su nivel de vida, su clase media; perdieron también la autoestima, la confianza, se extravió el sentimiento de que esto no tiene por qué ser así, de que se puede salir adelante. Una vez más, los signos del pasado se hacen presentes, señalando la ruta segura hacia un nuevo Viernes Negro.

Miguel Ángel Santos