Una de las primeras lecciones de cualquier curso de economía 101 es la ley de rendimientos marginales decrecientes. Una inmensa porción de la teoría económica descansa bajo el supuesto de que consumir unidades sucesivas de un bien, manteniendo todo lo demás constante, genera cada vez menor utilidad (bienestar); o alternativamente, unidades de capital o trabajo adicionales, manteniendo todo lo demás constante, incrementan la producción en una cantidad cada vez menor.

Esta ley tiene otras aplicaciones e implicaciones menos “economicistas”. Con frecuencia he acudido a ella para convencerme a mí y a mis estudiantes de la conveniencia de participar en cualquier iniciativa que promueva el bienestar colectivo. De acuerdo con esta ley, hay tan poca gente dedicándose a eso en Venezuela que los primeros que decidan hacerlo tienen la oportunidad de hacer una diferencia importante.

En términos de inversión de capital, la ley también tiene sus implicaciones. De acuerdo con sus postulados, el capital será más productivo allí donde haya menos capital (mayor mano de obra en términos relativos). Esta simple relación alimentó en un tiempo la esperanza de que los escasos niveles de capital de los mercados emergentes se traducirían en mayores tasas de rendimiento, que atraerían suficientes inversiones como para reducir la brecha. Esta noción tiene un inmenso atractivo, la teoría que fundamenta sus postulados es consistente, las realidades que prescribe son esperanzadoras.

Sin embargo, hoy en día es cada vez más evidente que las mayores inversiones de capital se dirigen hacia los países más desarrollados, en donde existe mayor acumulación de capital. Mientras tanto, los países menos desarrollados siguen padeciendo de niveles de capital muy bajos, que hacen la productividad del trabajo de mano de obra intensiva muy baja, lo que a su vez redunda en salarios menores. Se ha instalado una inmensa trampa de pobreza difícil de desarmar.

Ya son varios los autores que han estudiado el fenómeno de por qué las inversiones de capital fluyen hacia los países que poseen mayores inversiones. Uno de esos estudios (Easterly) ha encontrado que para que las inversiones de capital sean productivas debe existir un mínimo de stock de capital en la economía. Según esta idea, si la economía no alcanza un grado mínimo de avance tecnológico y de acervo de capital, la productividad de las inversiones realizadas será menor.

Desde el punto de vista económico las implicaciones son importantísimas para Venezuela: La antigüedad del stock de capital del país y la ausencia de inversión nos siguen manteniendo lejos de ese punto requerido por la inversión para empezar a ser verdaderamente productiva. Para romper esa trampa, es necesario empezar a resolver de forma directa los arreglos institucionales que de forma explícita afectan la productividad del capital invertido: Las permisologías y trabas administrativas, los controles de precios, la sobre-valuación cambiaria, la inestabilidad en las reglas del juego, la inseguridad jurídica, la inamovilidad laboral, las dudas sobre el concepto de propiedad. Resolverlas no corrige el problema del bajo nivel de acumulación de capital inicial, simplemente nos coloca en la dirección correcta.

Esta manera de ver las cosas tiene también inmensas implicaciones fuera del campo de la economía: La labor social es más productiva a partir del momento en que se dedican a ella un número suficientemente grande de personas. Eso quizás explique por qué muchos de los que han acometido algún tipo de trabajo social han salido llenos de frustraciones. Hace falta un número mínimo crítico. Hace falta más gente convencida de que es mejor hacer una diferencia que hacer dinero.

Miguel Ángel Santos