Los malos profesores repiten, los buenos enseñan, los grandes inspiran. Tomé estas líneas del libro de Ken Bain, ¿Qué hacen los mejores profesores universitarios?, publicado por la Universidad de Harvard en 2004. El libro, que no está traducido al español (al menos no que yo sepa), es lectura obligada para todo aquél que, además de tener cierta inquietud por dar clases en cualquier nivel, se preocupe también por hacer una diferencia.

Bein basa sus resultados no sólo en el estudio de los ratings de profesores, sino trae también a colación las lecciones de aquellos cuyos alumnos recuerdan más, años después de haber salido de la universidad. Para ahorrarles detalles, no hay atajos. Los mejores profesores, los que inspiran, trabajan muy duro. Conocen a sus alumnos por nombre y apellido, están familiarizados con sus circunstancias de vida y sus dificultades de aprendizaje. Conocen lo que enseñan en profundidad, y son capaces de combinar la satisfacción del nuevo aprendizaje con el hecho simple de que aún hay muchas cosas por descubrir. Estimulan a sus estudiantes a pensar en las grandes preguntas abiertas de toda ciencia. Saben escuchar. Preparan sus clases con detalle obsesivo, con entradas y salidas similares a las de una (buena) obra de teatro. Nada de marroncitos, de poner a exponer los temas a los estudiantes, de ¿y bien… qué vamos a hacer hoy?

En realidad partí de esa frase con la única intención de profundizar un poco en lo difícil que resulta por estos días inspirar a los demás. No por coincidencia la RAE describe inspirar como el “atraer el aire exterior a los pulmones”, y de igual forma “infundir y hacer nacer en el ánimo afectos e ideas”. Todo esto me vino a la mente hace unos días, pues en una de esas mudanzas involuntarias que uno sufre (y que confirman lo que decía Borges: “el azar es la única ley de la vida”), di con unos antiguos recortes de prensa que guardé durante todos estos años precisamente por eso, por lo que me llegaron a inspirar en su momento.

Conseguí una nota de José Ramón Medina titulada “La rama de la elegía”, escrita a raíz de la muerte de Miguel Otero Silva. Ya está amarillenta, pero al trasluz pude aún distinguir los trazos inseguros de mi resaltador de entonces… “que así de hondo duele y fluye el caudal inagotable de la savia que busca salida hacia el pasado, pues ya las puertas del porvenir quedaron cerradas para quien fuera pulso estremecido de vivencia lanzada hacia el futuro”. Dí también con un recorte de prensa que contiene el discurso de orden de Moisés Naím en la graduación del IESA de 1992. Allí leí por primera vez la parábola de Martin Niemoller, manoseada por estos días con una intensidad inversa a nuestra capacidad para ponerla en práctica. También está allí la cita de Huxley: “La experiencia no es lo que a uno le sucede en la vida, sino lo que uno hace con lo que le sucede”. Por aquellos días las páginas de nuestros periódicos tenían algunos nombres capaces de inspirar, Cabrujas, a ratos Luis Beltrán Prieto, jamás Uslar y su recalcitrante Pizarrón. Hoy en día es un fenómeno bastante menos frecuente. Sí los hay, pero son menos (y no se me ocurre nombrarlos en un país tan pequeño como éste). Y es que para inspirar, como dice Ken Bein, hay que trabajar duro.

Disponible en:
http://www.eluniversal.com/opinion/090814/de-donde...

Miguel Ángel Santos