Rodrigo Cabezas insiste en asociar la eliminación de los tres ceros, el rebautizo y la sustitución de nuestra moneda, con una reforma monetaria. Insiste en que junto con la mutilación se producirá, de alguna forma mágica que todavía no acierta a explicar, una caída de la inflación a niveles entre 2% y 3%. Insiste en que esa reforma será realizada en el transcurso del año 2007. Vale la pena pensar en por qué se habla de esta reforma ahora. Quizás sea una señal de lo que está por venir.

Una reforma monetaria es un arreglo a través del cual se generan cambios en las políticas que tienen que ver con la cantidad de dinero en circulación. En Argentina en 1990, por ejemplo, el rebautizo de la moneda y la introducción de la paridad dólar-peso, vino acompañada de una reforma según la cual, para aumentar la cantidad de moneda local en circulación, era necesario contar con una cantidad similar de dólares en la cuenta de reservas. Ese arreglo frenó la capacidad del gobierno para crear moneda local sin respaldo, fuente de los episodios de hiperinflación experimentados por ese país en los años ochenta.

Una reforma monetaria siempre tiene como eje la independencia del Banco Central como administrador de la política monetaria y cambiaria. Típicamente se implementa en forma coordinada con el gobierno central, reforzando el concepto de disciplina fiscal. Políticas que favorezcan la inversión privada y el crecimiento económico fueron piedras angulares de las reformas monetarias de América Latina durante los años ochenta, tanto de las que fracasaron como de las que tuvieron algún éxito. En fin, aunque se hable de una reforma “monetaria”, se trata de una medida que viene acompañada por cambios más complejos en la arquitectura económica del país.

La mayoría de las reformas monetarias han sido introducidas por nuevas administraciones, llegadas al poder como consecuencia de los votos-castigo de mayorías empobrecidas por fuertes procesos inflacionarios. Quienes implementan las reformas suelen ser caras nuevas. En este contexto el cambio de la moneda es apenas un elemento más de ese esfuerzo por cambiar las expectativas en relación con la economía y recuperar la inversión. Como ya habrá podido inferir el lector, lo que se ha dicho tiene muy poco que ver con las cosas que están pasando y diciéndose en Venezuela. Al menos hoy en día.

A lo mejor Rodrigo Cabezas, confundiendo reforma por ajuste, se está refiriendo a lo que podría pasar en el 2007. ¿Por qué digo esto? Porque todos sabemos que el gobierno está dispuesto a acentuar este año los desequilibrios y a trasladar los tragos amargos al 2007. Así, se puede atravesar el 2006 sin devaluación, para mantener la inflación baja y aumentar el consumo vía importaciones, pero el 2007 requerirá del ajuste demorado este año y del que corresponde al año que viene. Se puede poner al Banco Central a recoger una cantidad grotesca de dinero (en Noviembre ya poseía el 110% de la base monetaria), para alcanzar el objetivo de inflación, y correr la arruga para el año que viene, cuando esa política se vuelva insostenible. Se puede demorar los ajustes en los controles de precios y coquetear con la escasez en el 2006, para ajustar todo el rezago en el año 2007. Se puede aumentar el gasto y volver a incurrir (octavo año seguido) en déficit, y demorar el ajuste fiscal hasta que caigan los precios del petróleo.

Quizás el año 2007 nos encontremos con la misma administración, pero con una actitud distinta. Seis años por delante, la posibilidad de una tercera reelección, y subir la barrera de firmas necesarias para convocar un revocatorio abren nuevas perspectivas. Para entonces los ajustes, que en todo caso serían eso, ajustes, no reformas, podrían acompañar a la mutilación de los tres ceros.

Miguel Ángel Santos