“Aló, Carlos, William, José: A Chávez se le ocurrió salirse de la CAN. No pregunten mucho, ahora no hay tiempo para explicaciones. Ustedes ya saben”. La división de justificadores-a-ultranza piensa por un momento. “Manos a la obra”. Por la tarde ya empiezan a aparecer en TV y en radio, mañana lo harán en la prensa. “La CAN estaba muerta, el Presidente lo que ha hecho es escribir el obituario… el verdadero golpe a la CAN se lo han dado Colombia y de Perú, firmando un tratado de libre comercio (TLC) sin consultar con Venezuela… en su carácter de líder del hemisferio… Venezuela responde a este nuevo golpe del imperialismo…”. Declaraciones llenas de frases vacías, palabras salidas de la función “buscar sinónimos” del procesador.

Ahora de la noche a la mañana no sólo la CAN no sirve, sino que además es obvio. Toda aquella parafernalia del pasaporte andino, aquél documento moderno con foto digitalizada que sustituiría en pocos meses a todos los cuadernitos vinotinto, es inútil. Demoler el “sueño de Bolívar” no ameritó siquiera una consulta popular. Como si Colombia y Perú no llevasen años negociando su TLC con los Estados Unidos, como si sus respectivos Presidentes hubiesen sido sorprendidos al amanecer por la caprichosa idea de integrarse con los Estados Unidos.

En su afán justificador-a-ultranza el ejército automático incursiona en diferentes áreas, mezcla la política, el comercio internacional, la política exterior, la economía, el sector laboral, echan mano de todo lo que haga sentido, y de lo que no también. Se lo escupen al país.

Las justificaciones económicas han caído en el absurdo de advertir que si Venezuela no salía de la CAN “el país se vería inundado de importaciones baratas, que ahogarían a los productores nacionales y destruirían más puestos de trabajo”. Así, en tres platos.

“País inundado de importaciones”: ¿Acaso las importaciones no aumentaron de 16.800 a 24.000 millones de dólares, nuestro récord histórico, en estos siete años? ¿No es la política de anclaje cambiario y promoción de importaciones la principal arma de la política anti-inflacionaria? ¿No son las importaciones las que hacen posible que el gobierno siga gastando, el sector privado siga sin invertir, y los precios no suban más?

“Ahogarían a los productores nacionales”: ¿Acaso nadie sabe que el número de establecimientos industriales se ha reducido 39%, pasando de 11.117 (1998) a 6.787 (2005) según CONINDUSTRIA? ¿Acaso esa tarea de asfixia no viene ya en forma de anclaje cambiario, de importaciones directas del gobierno (sin pagar arancel, ni IVA), de controles de precios, y de solvencia laboral (la última de moda), por nombras sólo algunas?

“Destruirían puestos de trabajo”: ¿Acaso el INE no reportó para el 2005 una destrucción de 152.559 puestos de trabajo en el sector privado (en un año en el que la economía creció 9,4%)? ¿No sabe todo el mundo que el desempleo ha bajado por incorporar a 990.581 venezolanos en dos años a la categoría de “Inactivos”? ¿Y los puestos de trabajos destruidos por la salida de la CAN?

Si el gobierno cumple su amenaza de subir los aranceles creará un dique de contención para los bolívares que hasta ahora se iban a comprar importaciones baratas, lo que tendrá sus efectos sobre la inflación local. Para evitarlo siempre se puede acudir al BCV, que ya tiene encima 143% del total de la base monetaria en papeles de corto plazo, pero la política de absorción tiene sus límites. Todo parece indicar que los justificadores-a-ultranza tienen trabajo para rato. “¡Pero si ya no nos damos abasto!” Bueno, como dice mi papá cada vez que alguno de nosotros se queja del trabajo: “¿A ti acaso no te pagan para eso?”

Miguel Ángel Santos