¿De verdad vale la pena discutir algo como el ALCA? ¿Qué cosa buena puede salir de ahí? ¿Cuáles son los temores? Empecemos por los últimos, después de todo, los miedos nos suelen resultar más próximos que las esperanzas. Existen temores complejos, como el riesgo de que en el corto plazo el sector transable local no sea suficientemente competitivo, y se pierdan puestos de trabajo y actividad económica. En teoría, en el mediano plazo esos puestos se verán recreados en áreas en donde el país resulte más competitivo. Pero reacomodarse es caro y toma tiempo. Otro temor complejo: Los países con industrias de capital intensivo tienden a beneficiarse más que aquellos intensivos en mano de obra. Hay temores más básicos: Que las exportaciones de un país sigan teniendo barreras en los países de destino, y los rubros que ese mismo país importa no estén sujetos a arancel. Detrás de esos temores está la posibilidad de un aluvión de importaciones, de un desequilibrio en cuenta corriente.

Desde un punto de vista práctico de corto plazo, bien se puede argumentar que estos temores son irrelevantes en nuestro caso. En primer lugar porque ya de por sí no existe sector exportador no tradicional. Esto por tres cosas: Las secuelas de las políticas de sustitución de importaciones, la inestabilidad macroeconómica registrada a partir de 1983 (muy particularmente en la tasa de cambio real), y más recientemente, el pésimo ambiente para el desarrollo de la actividad económica privada. Las exportaciones no petroleras venezolanas sólo responden a los precios de materias primas en los mercados internacionales, porque están compuestas en una inmensa proporción por hierro, acero, aluminio, petroquímica. Nada desarrollado, nada en donde seamos mejores. Si tienes exportas, si no tienes no.

Por otro lado: ¿qué más vamos a importar? La proyección de importaciones del año 2005 alcanza la cifra récord de 25 millardos de dólares (19% del PIB), y el 2006 se proyectan alrededor de 32 millardos (22% del PIB). No hay manera de que el ALCA perjudique a nuestros productores agrícolas y pecuarios, al menos no más de lo que ya de por sí lo hace el propio gobierno, sobrevaluando la moneda, importando (alimentos, entre otras cosas) directamente, sin pagar aranceles ni IVA, y sin someterse al vía crucis que debe seguir un negocio privado en Venezuela. ¿Por qué preocuparse de que Estados Unidos sea un competidor desleal, si ya aquí el propio gobierno se encarga, con relativa eficiencia, de ahogar a sus propios productores?

¿Quién necesita del ALCA? Ejemplo: Chile. Después de 15 años de acierto en la política económica, de 15 años de inversión y crecimiento, después de haber sido junto a Panamá los únicos países en reducir la pobreza crítica a la mitad durante la década de los noventa; Chile se ha desacelerado. Y Chile quiere seguir creciendo, quiere seguir progresando, no quiere estancarse. Por eso necesita un ALCA, uno que le sirva, una posibilidad para seguir avanzando. Por eso ha sido pionero en la firma de un acuerdo de libre comercio con China. Por eso Lagos se ha dedicado a revisar y discutir en detalle las condiciones de la integración, con un equipo de expertos profesional y serio; en lugar de hablar paja, de arengar a piqueteros de oficio en las calles.

Pero todas esas cosas, el progreso, el crecimiento, el empleo, la reducción de la pobreza; el pensar en el largo plazo, el pensar qué tipo de ALCA nos conviene más, el aprovechar esta ventana para negociar verdaderamente en bloque, evitando la proliferación de acuerdos bilaterales en donde los países de América Latina tienen menos poder de negociación, todo eso, está a años luz del carajo. Nosotros somos el carajo.


Miguel Ángel Santos


“No hay manera de que el ALCA perjudique a los campesinos y productores venezolanos más que la competencia desleal que viene del propio gobierno”