Poca gente, dentro de ese pequeño universo de venezolanos lectores, no ha lamentado alguna vez haber pasado estos diez años sin escuchar la opinión de José Ignacio Cabrujas. Yo, en lo personal, llegué a la capital a los 22 años siendo su asiduo lector y con el propósito de conocerlo personalmente. Apenas pude ver materializada esa intención en una reunión pequeña que celebráramos algunos estudiantes del IESA en 1995, en el salón Cisneros (qué ironía), a sólo unas cuatro semanas de su muerte. José Ignacio acudió a aquella tertulia algo confundido, todavía conservo algunos de sus comentarios en unas notas a lápiz: “Está bien, el comunismo fracasó, ya no va a ser; el socialismo tampoco va a ser, o al menos no lo será el MAS; y Caldera, para ir de lo general a lo específico, ya Caldera tampoco va a ser, nunca lo fue. Y yo me pregunto: ¿Y ahora qué? ¿En qué andan ustedes? ¿En qué andan ustedes que me pueda montar yo? ¿Cuál es ese autobús? Yo quiero seguir pensando que Venezuela es posible, que no somos un accidente, díganmelo, porque yo no tengo ganas de ser Uslar”. Qué parecido sonaba eso a Pío Miranda: “A lo mejor nací cincuenta años antes de lo debido… O a lo mejor se me extravió el mundo”.

Haciendo espejo del pueblo (del pueblo a-lo-Catia, no de la intelligentsia), no hay que ser un prestidigitador para saber que José Ignacio hubiese saludado con simpatía la llegada de este régimen, como tantos otros lo hicieron. Baste leer en su columna posterior al golpe del 4 de Febrero: “Golpista fue Lusinchi, cuando toleró y se hizo cómplice del estado general de ilegalidad, expresado en robos al tesoro público y en abusos de todo orden… quién sabe si la diferencia en este caso favorece a teniente coronel Chávez Frías, quien, por decir lo menos, tuvo la rudeza de asumir sus responsabilidades y decir yo fui”. Hacia el final de aquélla primera carta a Pérez, José Ignacio sería profético: “Tengo la sensación, o quizás deseo tenerla, de que esa tanqueta que humilló el portón de Miraflores será un convidado ineludible de nuestra historia, un precedente instalado en la conciencia, torpe, ayatolesco, burdo, pero desgraciadamente apoyado en una verdad como una casa”.

Lo que yo sí hubiese pagado por ver, por leer, es la forma que hubiese tomado el giro, la inflexión, la parábola a la que la torpeza y el despropósito de esta administración lo hubiesen obligado, quizás de manera no tan gradual. Baste leer a José Ignacio en relación con el Congreso (hoy Asamblea): “¿Pecaría de exagerado si me permitiera aseverar que el Congreso es un desecho, una mala consecuencia del plástico, totalmente carente de historia? ¿Qué, en realidad lo que allí se dice ni nos va ni nos viene ni nos afecta? ¿Qué en general está integrado por una manga de holgazanes capaces de convertir esa edificación de falso estilo romántico-ateniense en un club donde diputados y senadores acuden a hablar por teléfono, a encargar marroncitos, o a encontrarse por aquí y por allá y qué hubo, cómo esta la vaina?”. O aquella otra: “El concepto de Estado es simplemente un ‘truco legal’ que justifica formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del ‘me da la gana’. El Estado es lo que yo, como caudillo o como simple hombre de poder, determino que sea. Ley es lo que yo determino que es Ley”. Uno vuelve a repasar esas páginas y no puede dejar de preguntarse: ¿Qué es la Venezuela de hoy si no es exactamente eso, o la apoteosis de esas mismas cosas que denunciaba José Ignacio?

Cuando recuerdo aquellos días, no puedo dejar de pensar en aquella única reunión, en el autobús, en que seguimos sin saber qué podemos hacer, y en que, todos, sin quererlo, nos hemos ido convirtiendo en Uslar.

Miguel Ángel Santos