No hay ninguna otra obra de infraestructura cuyo colapso pueda causar, además del caos logístico que corresponde en este caso, el pesimismo y la frustración que se ha apoderado de todos los venezolanos luego del resquebrajamiento del viaducto. Es como si esa esperanza infantil de que las cosas nos van a terminar saliendo bien, a pesar de llevar treinta años haciendo todo mal, se hubiese quebrado definitivamente junto con esa otra fractura. En el fondo, los venezolanos veníamos haciendo lo mismo, y seguíamos esperando resultados diferentes. Lo ocurrido es un certificado de ineptitud con honores para todos, para los gobernantes de los últimos treinta años, y también para quienes les hemos dado la oportunidad de pasear su incompetencia, su oportunismo y su miopía por las oficinas de nuestra administración.

En todos estos sentidos, el viaducto, su construcción, su (falta de) mantenimiento, y su colapso, terminan siendo una metáfora acertada de Venezuela, de nuestra manera de vivir y de nuestra cultura, de esas cosas que nos urgen en la vida cotidiana. Su inauguración en 1953, su armadura de 220 toneladas, sus 81 metros de largo y 21 de ancho, representaron en su momento una obra colosal ubicada en todo el medio del período más ilustre del crecimiento económico venezolano. También en aquél entonces el viaducto significó mucho más que el viaducto, representaba la modernidad, el ascenso, las posibilidades infinitas de Venezuela.

Esa gigantesca obra, y muchas otras, fueron el producto de una política de fuerte inversión en infraestructura llevada a cabo por el gobierno de Marcos Pérez Jiménez a todo lo largo del período 1950-1958. En aquél entonces, Venezuela decidió invertir en desarrollo de infraestructura un promedio anual de 8.6% del tamaño de la economía (PIB), garantizando así que algo de aquella gigantesca bonanza petrolera de los años cincuenta quedaría para las generaciones futuras.

Los gobiernos posteriores no fueron tan espléndidos. Desde entonces, la inversión en infraestructura se desplomó de forma sostenida promediando 4.4% en la década de los sesenta y setenta, 2.7% en la primera mitad de los ochenta, y así sucesivamente hasta llegar al miserable 1.4% del PIB de estos últimos siete años.

De toda esta gigantesca bonanza no ha quedado piedra sobre piedra, literalmente. Quienes se han atrevido a advertir sobre el inminente colapso de la estructura, iluminados por una sencilla medición del desplazamiento de sus bases, han sido tachados durante todos estos años de aguafiestas, profetas del desastre de oficio. “Aquí viene otra vez el pendejo éste con el cuento de la caída del viaducto”. “Quédate tranquilo, esa vaina no se va a caer nunca”.

Es imposible no hacer una analogía entre el colapso del viaducto y el de la propia economía venezolana, resultado de haber utilizado esta inmensa bonanza petrolera para destruir el aparato productivo, y diseñar un sistema medianamente eficiente de limosnas que en buena parte garantizan la permanencia del repartidor en el poder.

En otro aspecto típicamente venezolano, el gobierno, al igual que cualquier otro anterior en semejante trance, ha procedido a buscar culpables en vez de soluciones. Las reacciones subestiman el sentido común de todos los venezolanos, obligándonos por un lado a escuchar que este gobierno no tiene nada que ver en el asunto y que la culpa es de todos los anteriores, mientras por el otro lado se prometen soluciones para períodos entre dos y cuatro años. Como si no hubiesen transcurrido ya siete años.

La caída del viaducto, o bien nos obliga a reaccionar y aprovechar las inmensas posibilidades que el futuro le sigue abriendo a Venezuela, o nos invita a acostumbrarnos a seguir viviendo entre muertos y escombros.

Miguel Ángel Santos