La semana pasada, durante una reunión en donde se encontraban varios alcaldes de la zona central, uno de ellos, de incuestionable procedencia oficialista, interrumpió la discusión para ensayar algunas disquisiciones sobre el desempleo, tema que ocupaba a la mesa de trabajo. “Yo se lo he dicho ya bastante al Presidente” advertía, “aquí la solución está en la eliminación temporal de las máquinas”. Según la ficción, la panacea de corto plazo para crear empleo consistía muy particularmente en la prohibición del uso de las mezcladoras de cemento, que, según esta impecable lógica, hacían en un día el trabajo de hasta cuatro obreros.

Este episodio no pasaría de ser otra anécdota divertida del folklore nacional, apéndice anacrónico del movimiento ludita británico de 1810, de no ser porque esa miopía tiene un espejo en la política económica de la revolución. Es así como Chávez ordena que bajen las tasas, pero no piensa que el dinero que se presta es el mismo que los ahorristas depositan, y que con tasas 30% por debajo de la inflación nadie quiere ahorrar. Decreta un control de precios, pero suspende la venta de divisas y continúa imprimiendo dinero para financiar el déficit. Decreta un aumento salarial, en un momento en que el sector privado está produciendo 20% menos que el año anterior.

Ni falta hace decir que no tuve el coraje suficiente para hacerle frente al alcalde ludita. Seguramente se hubiese defendido haciendo alguna vaga alusión a los detalles de implementación que provocaron el fracaso de estas ideas en Cambodia, o a los problemas organizativos del partido comunista que limitaron su ejecución en China. Apenas bajé la cabeza, y me puse a pensar en el país, y en cuánta falta nos hace una verdadera revolución.

Miguel Angel Santos