Los contornos de ese destino incierto hacia el que va dando tumbos el país se van a delinear, a definir, según la velocidad con que avancen dos procesos concurrentes: La concentración de poder y el deterioro de la economía.

Las políticas que provocaron el crecimiento de los últimos tres años ya traen al país boqueando. El aparato productivo se encuentra operando a capacidad plena, y no existen incentivos suficientes (lo que existen son des-incentivos) para promover la inversión privada. El Estado se ha convertido en el único gran empleador, en la única posibilidad para quienes se incorporan a la fuerza laboral, para los que egresan de las misiones educativas, para informales y desempleados. El petróleo no da para tanto. La inflación y la escasez continúan avanzando, el bolívar se sigue devaluando, aunque el gobierno se empeñe cada vez más en mantener el poder de compra afuera cuando más lo pierde aquí.

Consciente de la inminencia de ese deterioro, el Presidente ha iniciado su particular carrera por concentrar el poder, por agotar los canales a través de los cuales el descontento se pueda encauzar políticamente. Esa concentración se articuló a través de cuatro mecanismos: Reforma Constitucional, Ley Habilitante, Partido único, y hegemonía comunicacional.

El problema está en que la dinámica de ambos procesos no es independiente. En sucesión centrípeta, el esfuerzo por concentrar el poder ha deteriorado las expectativas aún más, lo que a su vez ha incidido en la velocidad del deterioro económico, que a su vez ha provocado mayor urgencia por concentrar el poder.

Esa extraña mezcla de circunstancias ha parido un movimiento estudiantil. Hubiese sido difícil predecir, en abstracto, el conjunto de elementos que servirían de catalizadores a ese movimiento y lograrían sacar a los estudiantes de esa indiferencia que hasta hace muy poco habían mostrado. Es imposible no pensar en la coronación de la reina del Carnaval en 1928, en los discursos de Pío Tamayo, Jóvito Villalba, y Rómulo Betancourt, en el amanecer de aquella generación que sólo alcanzaría el poder muchos años después. Este grupo de estudiantes ha irrumpido en medio de esa carrera loca entre la concentración de poder y el deterioro económico.

Alguna de estas noches el trajinar y la incertidumbre en que uno suele vivir sin darse cuenta terminó por desvelarme. Buscando auxilio en mi pequeña biblioteca, volví a dar con las páginas de “Habla, memoria” de Nabokov, con ese párrafo en que reflexiona sobre el conjunto de condiciones y circunstancias desconocidas que forjaron su destino. “El misterio individual sigue atormentado al memorista. Ni en el ambiente, ni tampoco en la herencia, logro encontrar el instrumento exacto que me formó, el anónimo rodillo que imprimió en mi vida cierta filigrana complicada cuyo exclusivo dibujo se puede ver cuando se hace brillar la lámpara del arte a través del folio de la vida”. Para nosotros, sin el beneficio del tiempo, es aún más difícil, pues el rodillo del país también es anónimo, y no sabemos las formas que esa fuerza desconocida amasa todos los días. Lo importante es que está vivo, que está siempre en transición, y que nunca se puede decir que ha llegado la última vez.

Miguel Ángel Santos