Tengo la impresión de que en el país se está empezando a nivelar lo que en el equivalente de fútbol sería la posesión de balón. Hay signos, algunos más sutiles que otros, de que la oposición se empieza a dar cuenta de nuevo de su propia fuerza. El día siguiente al asesinato de los hermanos Faddoul los estudiantes de la UCAB, que no se caracterizan precisamente por su cabeza caliente, iniciaron una protesta civil que desembocó en una marcha al Ministerio de Interior y Justicia en donde un pequeño grupo fue recibido por el propio ministro. Los estudiantes, acaso sin tener plena conciencia de ello, se estaban apegando a Ley de Universidades según la cual “la Universidad es una institución al servicio de la Nación y le corresponde colaborar en la orientación de la vida del país”. Más aún, “la enseñanza universitaria se inspirará en un definido espíritu de democracia, de justicia y de solidaridad humana…”. Yo creo que esta tríada de palabras son las que mejor explican las motivaciones que sirvieron de yacimiento a esta manifestación. El mensaje que llevaron fue claro, cero exhibicionismo, cero gritería vacía, pero también cero vacilaciones: “1) Estamos preocupados por lo que está pasando, 2) No estamos dispuestos a observar impávidos el deterioro continuo de la situación de inseguridad, y 3) ¿Qué podemos hacer?”.

Cuando pasan estas cosas uno se da cuenta del inmenso potencial que tienen las universidades, vistas como comunidad de estudiantes, de profesores, de autoridades, y también de colectividades vecinas, para influir sobre el acontecer nacional. Uno se acuerda de que en siete años el oficialismo no ha sido capaz de triunfar en ninguna elección estudiantil de grado mayor ni aún en su reducto más próximo: La Universidad Central de Venezuela.

Ese es el caso también de los sindicatos. En el ambiente sindical se recuerdan los estrepitosos fracasos electorales de Nicolás Maduro primero y de Aristóbulo Istúriz después. Ese también es el caso de los medios de comunicación. Si bien algunos medios privados han decidido convertir sus noticieros en apéndices de Venezolana de Televisión, otros medios han decidido correr el riesgo, nada despreciable, de identificarse más con la oposición. En la radio y en los medios impresos, el programa de adquisiciones de emisoras del gobierno nacional mantiene niveladas las preferencias, pero aún así a medida que se avanza el dial y se miran los revisteros se observa cierto equilibrio entre oficialismo-oposición.

Las encuestadoras privadas continúan dando fe del amplio rechazo que existe entre la población venezolana en general a la gestión del gobierno nacional en particular alrededor de la inseguridad (delincuencia), desempleo, costo de la vida, corrupción y pobreza: En estas cinco áreas la suma de quienes piensan que el problema ha empeorado y de los que piensa que sigue igual oscilan entre 70% (pobreza) y 88% (delincuencia).

Para estar claros, por el otro lado esas encuestas también indican que las preferencias del electorado continúan en las vecindades del 56%-58% para el gobierno, 42%-44% para la oposición. A esta preferencia ciudadana, que básica y sorprendentemente es similar a la que existía en 1998, en el 2000 y en la vecindad del RR, se le puede sumar el aparato militar en pleno, y todas las demás instituciones que conforman el ejercicio del poder.

Ahora bien, la oposición, con todos esos factores de su lado, tiene potencial para convertirse en una fuerza con una influencia mucho mayor de la que ha decidido ejercer hasta ahora. Cada quien en cada uno de sus ámbitos, en cada uno de esos terrenos, desde los espacios en donde cada quien tiene influencia, la oposición es mucho más fuerte de lo que indica la actitud de cayapa que cuelga del hombro de la inmensa mayoría de quienes se consideran oposición. Como me dijo un viejo integrante del MAS: “nosotros en el Congreso de los años setenta no llegamos a tener más de 7%... ¡pero cómo jodíamos con ese 7%!”. Los números indican que, aún aceptando que existe una mayoría que apoya al gobierno, el balance de poderes, la posesión del balón, debería aproximarse a 57-43 y no a ese inmenso sentimiento de goleada que la oposición lleva por dentro.

Miguel Angel Santos