Un trancazo en la ventana del conductor, un revólver. Cinco y media de la tarde, frente a PDVSA La Campiña. Ahí están los vendedores de parafernalia roja, ahí no está pasando nada raro. El reloj, la cartera y el celular. Coño, qué suerte. No pasó de ahí. Terminado el episodio, el tipo se vuelve, se levanta la franela, y se guarda el revólver en el bolsillo de atrás. Se aleja lentamente. Next. Puente de la Avenida Andrés Bello. Un motorizado espera que un grupo de peatones se decida a cruzar la calle. Una vez que emprenden el camino, acelera, atravesando el medio del grupo, mientras el parrillero aprovecha para arrancar un celular de la cintura de un transeúnte. Domingo. La puerta abierta. Las gavetas de toda la casa en el suelo, los closets de par en par, las camas desechas. Sólo se llevan las joyas que les caben en los bolsillos, pasaportes, dólares, efectivo. Todo eso, nada más, para poder salir por la puerta tal y como entraron. Más tarde, cuando llegue la policía de Chacao, dirán que es el cuarto en ese día con ese modus operandi.

Y así sucesivamente. Un ejemplo, un número, una estadística. Además de la impunidad, el otro factor común del conjunto, siempre que después haya vida, es el “bueno, pero… qué suerte”. Y aunque a uno le de cierta impotencia, no es para menos. De acuerdo con las estadísticas de PROVEA, en Venezuela ocurrieron entre 27 y 31 homicidios por día entre 2003 y 2004. El informe 2005 no se encuentra disponible. Sí lo está, en cambio, el reporte de la UNESCO, con los 44 homicidios diarios que todo el mundo anda repitiendo y manoseando por ahí.

Si no quiere depender de las agencias extranjeras, busque la página web del CICPC. En el portal, bajo el título de “Casos cangrejo”, aparece relatado la extraña historia de un niño encontrado muerto en una caseta del INOS en febrero de 1971. Ningún otro cangrejo reciente. Otras noticias disponibles allí son la graduación de pre-escolar del colegio del CICPC, el inicio del torneo interno de softball, y la participación del cuerpo en el desfile de 185 años de la batalla de Carabobo. Así de simple. Ninguna referencia a la situación actual. Ninguna estadística. Ningún plan.

A falta de otra cosa, volvamos a las cifras de PROVEA y la UNESCO. A fin de cuentas, según las fuentes, se tomaron la molestia de recopilar los informes escritos y los archivos del CICPC. Si de verdad es así, mejor nos olvidamos de los crímenes del imperio en Irak, o de los de Israel en el Líbano. En Irak, después de tres años y medio de conflicto, el conteo de muertos asciende a 44.662. Está disponible, actualizado diariamente, en www.iraqbodycount.org. Allí están también las rigurosas fuentes, la metodología utilizada en la estimación. En ese período, en Venezuela han ocurrido más de 45.900 homicidios.

Ni hablar del Líbano. El conteo de muertos, en estos casi dos meses de conflicto, va desde 390 en el escenario más conservador (por supuesto, www.israel.bodycount.googlepages.com), hasta 1.161 en el más extremo (también evidente, www.arabmediawatch.com). A 44 homicidios por día, aquí han fallecido en ese período no menos de 2.245 venezolanos. Nuestra cifra de muertos amerita una cobertura similar, esta guerra de todos los días cobra más vidas que cualquiera de esas otras a las que el nuestro vive haciéndoles cuña por ahí.

(¿Qué hace CVG Telecom prometiendo acceso a internet en escuelas bolivarianas y núcleos endógenos? ¿No se dan cuenta de que eso es conectar al pueblo con la autopista por donde fluye la información a nivel mundial, de que alguien en Petare puede conectarse con alguien en Washington o Tel-Aviv, o simplemente abrir un blog para abrir una puerta al mundo de las atrocidades de la cotidianeidad venezolana?).

Miguel Ángel Santos