Ocurrió (o no) la semana pasada. Yo estaba viendo pasar una fracción de esos cinco años que, de acuerdo con estimados optimistas, hemos de pasar en el tráfico a lo largo de nuestra vida.

En la radio, un médico de la Maternidad Concepción Palacios, estaba dando el tubazo de la muerte de seis neonatos durante el transcurso de la guardia nocturna. Explicaba, con seguridad y firmeza, que las muertes habían sido ocasionadas por los problemas de dotación (esta vez de médicos) de ese centro asistencial. Entonces, llamó a la estación algo así como la Directora de Salud de la Alcaldía Mayor. Según ella, no eran seis, sino cinco, los niños fallecidos. De esos cinco, cuatro habían muerto dentro de la barriga de la madre. No podían ser atribuidos a carencias del centro asistencial. Reconoció que esas muertes fueron causadas por deficiencias del sistema de salud, por falta de control prenatal, ambos problemas graves pero distintos al que estaba denunciando el doctor.

Ahí, el protagonista del tubazo se nos vino a menos. Se evaporó su seguridad, su carácter. Reconoció que él no estaba de guardia, que no había visto las historias médicas de las madres, que todo se lo habían contado al llegar él en la mañana, pero que era igual de grave porque habían fallecido por causas detectables y prevenibles... Unos días después, algunos médicos de la Maternidad denunciaron que las historias médicas habían sido secuestradas, que las mantenían en la Alcaldía Mayor, presumiblemente para evitar su “manipulación mediática”.

No hay ningún episodio en el transcurso de los últimos años que me haya enseñado más acerca de la realidad venezolana. Allí estaba la oposición, con un verdadero tubazo, mucho más allá de dónde dejó de latir el corazón de esos seis bebés (o cinco, ya no lo vamos a saber), haciendo un pésimo uso de la información, hablando sin tener los hechos en la mano. Allí estaba el gobierno, con autoridad, aprovechando la falta de pericia de la oposición para apropiarse de la verdad, para convertirla en su verdad y mantener a la otra, a la verdad objetiva, lejos del alcance de nadie.

Nueve años después, no sólo Caracas, sino todas las poblaciones adyacentes sólo tienen un sitio a donde acudir: la Maternidad Concepción Palacios; nuestro sistema de salud no garantiza el control prenatal, y siguen falleciendo neonatos por causas detectables, evitables; pero todo eso fue eclipsado por una polémica vacía y absurda.

Uno entiende que verificar si el país se ha vuelto más o menos feliz en estos últimos años es más difícil, la felicidad es un concepto abstracto y de naturaleza relativa. Pero si murieron cinco o seis niños y por qué razón, ese un fenómeno observable. Ahora no. Eso también ha pasado a formar parte de nuestra realidad incorpórea. Se le unió al FONDEN, al desempleo, a la inflación, a la inversión privada, a las notas estructuradas y a la escasez, para conformar un cuadro en donde constatar la ocurrencia de un hecho ya no es posible. La verdad no existe, la verdad es un sentimiento, una sensación, canalizada por quien hable más claro, por aquél capaz de crearla a partir de la nada y dotarla de una narrativa consistente. Y ese, por ahora, está en Miraflores.


Miguel Ángel Santos