Quería aprovechar la celebración bizantina del día del economista en Venezuela para reflexionar sobre los métodos y méritos de “nuestra degradada e incomprendida profesión” (José Guerra dixit). Unos días atrás me había topado con unas notas de Paul Samuelson tituladas “Mi filosofía de vida: credos políticos y métodos de trabajo” que bien me podía servir de base. Era cuestión de combinar las cosas que más me habían llegado (unas cuantas) con mi propia experiencia en Venezuela. Pero me sucedió algo parecido a Juan Pablo Castel, protagonista de El túnel, de Ernesto Sábato: “Aquél súbito acceso de optimismo no iba a aguantar uno sólo de mis análisis lógicos”.

¿Qué es un economista? Es una persona que se dedica a estudiar, a investigar cuáles son los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades ilimitadas de las personas con un número limitado de recursos. Pero nosotros tenemos un número, no ilimitado, pero sí importante de recursos, y nos empeñamos en hacer lo menos posible con ellos. ¿En qué lugares de Venezuela puede uno vivir de la “investigación” de nuestra economía? ¿En los partidos políticos? No. Nunca tuvieron una estructura así, y tras la eliminación del financiamiento público, la criminalización del externo, y la estatización del aparato privado, languidecen sin fondos suficientes para pagar a los propios políticos (ya no digamos a los economistas). ¿Think-tanks? No tenemos esa tradición y menos aún los recursos. ¿Universidades? Difícil. Cuentan con cada vez menos recursos, distribuidos cada vez más según la afinidad ideológica de los que investigan. Los sueldos se han ido deteriorando, obligando a los economistas a salir a la calle a buscarse la vida. ¿Hay excepciones? Sí. Está el BCV, la CAF, y algunos que siguen investigando, librando una batalla muy personal contra las circunstancias (pienso en Asdrúbal Baptista). Pero son muy pocos.

¿Qué hacemos los demás economistas? Hablar por radio, prensa y TV. Esto podría tener algún valor pedagógico, de no ser porque la enorme polarización nos confina a medios en donde les hablamos a quienes ya piensan como nosotros. Asesoran empresas. Esto supone un conflicto de intereses, porque nos pone ante la incómoda elección de describir la cruda realidad y ganarnos la vida a costa de ahuyentar capitales de Venezuela, o simular que aquí no pasa nada para que no desaparezcan quienes nos pagan. Nos reunimos en cafés, damos conferencias, vamos a los partidos políticos (gratis), escribimos manifiestos… Cualquier cosa que nos haga sentir útiles. En ninguna de estas actividades está presente el estudio o la investigación. La descripción de hechos estilizados no constituye una ciencia (está sí es de Samuelson). Mucho estómago, mucho idea lanzada al vacío, sin red de protección y sin estructura, y eso sí, el “me dijeron en el Ministerio de Finanzas que se viene una…”.

Quizás los economistas, los de verdad, sean una especie en extinción en nuestro país (lo que va quedando es el título en la pared). O a lo mejor no. Acaso el miércoles pasado se haya celebrado el día de todos los venezolanos, de esos que viven a diario desde 1978 resolviendo, de forma empírica, el cómo sobrevivir con cada vez menos.

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Miguel Ángel Santos