Para evitar ese sentimiento de falta de piso, de vulnerabilidad, y poder aislarse un poco de la realidad, de lo inminente, la oposición venezolana había construido dos grupos de ideas. Dos pisos, dos salvavidas. Según el primero, al presidente le convendría siempre mantener la apariencia de que aquí existía una verdadera democracia, con oposición, libre expresión y separación de poderes, y esa necesidad nos garantizaría un número mínimo, aunque nunca químicamente puro, de libertades.

Según el segundo grupo de ideas, aquí jamás se instauraría un sistema económico socialista o comunista a la vieja usanza cubana o soviética, porque a quienes menos les convendría algo así sería precisamente a la clase afluente de empresarios y nuevos ricos próximos al gobierno. Según esta construcción, se nos garantizaría siempre la existencia de un pequeño oasis, en un ambiente restrictivo, sí, pero no confiscatorio. Aquí los vacíos conceptuales son más evidentes, pues la tesis presupone una coherencia que la periferia del gobierno jamás ha exhibido. Aquí se habla de austeridad y sacrificio por el bien colectivo en mesas servidas con cubiertos de plata y servilletas de tela bordadas con el nombre de nuestras empresas públicas. ¿No coexisten acaso en La Habana la miseria y el discurso revolucionario con el esplendor y el boato de la Marina Hemingway?

En dos semanas el presidente ha dado al traste con todo ese aparato: Jorge Rodríguez fue nombrado vice-presidente (un ser humano “comprometido con la realidad”), se decretó el cierre de RCTV, se dio el “nacionalícese” a la CANTV y a la “electricidad”, se declaró que la autonomía del BCV era un concepto neoliberal (lo que ha dejado a Maza Zavala, ahora sí, sin posibilidad de guabinear), se otorgaron poderes especiales para adelantar una reforma que permita la reelección indefinida, así como también la modificación “sustancial, estructural” entre otras cosas del código de comercio y el sistema de gobierno regional basado en juntas parroquiales y alcaldías (y de ahí, a gobernaciones), y se otorgó el pendejo honoris causa al secretario de la OEA. Es el fin de las apariencias. Todo es, en el fondo, un reconocimiento público, un “sí, ¿y?” (a-la-Aristóbulo) de cosas que ya, en menor o mayor medida, habían venido pasando.

La oposición, como en el cuento de Andersen, desprovista de sus ideas-salvavidas, acaba de descubrir que en realidad iba desnuda. Ahora le toca organizarse, constituirse, desarrollar una fortaleza cierta basada en su propia capacidad intrínseca, en ese piso de cuatro millones y medio de venezolanos que se atrevieron a decirle que no al gobierno en diciembre.

Si se trata de eso, esta coyuntura representa una enorme oportunidad. No hay nada en estas medidas que esté orientado a resolver el problema del crimen, del desempleo, de la inflación, de la informalidad. Nada. Todo lo contrario. Nuestras exportaciones petroleras del año pasado, trece mil bolívares diarios por habitante, están muy lejos de ser suficientes para cubrir todas las aspiraciones que el propio gobierno ha despertado en la población.

Es eso, o irse del país, o meter la cabeza en un hueco y renunciar al ejercicio de la libertad. Así de simple.

Miguel Ángel Santos