Hace un par de semanas me referí al hecho simplísimo y de fácil constatación de que las exportaciones petroleras del gobierno actual, consideradas en dólares reales por habitante, son 61% inferiores a las de Carlos Andrés Pérez I, 59% inferiores a las de Herrera Campins, y 49% inferiores a las de Marcos Pérez Jiménez. Se puede agregar aquí que además son 44% inferiores a las de Rómulo Betancourt, 35% inferiores a las del primer gobierno de Rafael Caldera, 25% inferiores a las de Raúl Leoni, y aún 11% inferiores a las de Jaime Lusinchi. También es cierto que son 12% y 15% mayores a las de las dos administraciones previas, las segundas de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera respectivamente.

Una manera diferente de entender lo que esa renta perdida significa para el gobierno es la capacidad para crear puestos de trabajo en el sector público. Así, por ejemplo, la bonanza petrolera de CAP I permitió expandir los empleados de la administración pública en la pavorosa cifra de 257 mil en apenas tres años, pero durante ese período se incorporaron a la fuerza laboral 940 mil personas. Ni siquiera en medio de esta extraordinaria expansión y derroche, el crecimiento del empleo público representó siquiera un tercio del total de nuevos puestos de trabajo requeridos. Las brechas más recientes tienen por fuerza que ser mucho más alarmantes. Así, en los tres años siguientes al pico en las exportaciones petroleras de Rafael Caldera II (1996) se crearon 37 mil empleos públicos, y en los tres años que siguieron al pico del 2000 de esta administración se crearon 49 mil. En ambos casos, sin embargo, se sumaron a la fuerza laboral 1.300.000 personas, y 1.450.000 personas respectivamente.

Todas estas cifras engorrosas para decir lo elemental: A punta de empleo público financiado a través de la menguada factura petrolera no se va a detener el empobrecimiento progresivo venezolano. La inversión privada y el incremento sustancial de la actividad económica de este sector no es una alternativa posible, sino acaso la única, de empezar a generar esos puestos de trabajo y esa riqueza que nos hacen falta para poner un pié en la senda del desarrollo.

La inversión privada que se requiere, sin embargo, tiene muy poco que ver con los niveles exagerados que esa variable exhibió en los años setenta, por la sencilla razón de que aquello se produjo en condiciones irrepetibles: Una inmensa renta petrolera repartida a través de diferentes mecanismos, un mercado cerrado, poco desarrollado y muy poco competido.

Es por eso que lo que ha de venir de aquí en adelante, que sin ninguna duda empezará a partir de una chispa en algún momento de este proceso de deterioro sostenido en el ingreso que estamos viviendo, no se puede parecer en nada a lo vivido hasta entonces. Allí tomará sentido aquella frase de Ortega ya manoseada por Chávez: “inventamos o perecemos”. Asdrúbal Baptista ha puesto en lenguaje económico muy asequible todo este proceso, toda esta necesidad de inventar algo nuevo, que no se parezca a las fórmulas pasadas, en un libro para el cual cuesta imaginarse un título más apropiado: El relevo del capitalismo rentístico. Utiliza Asdrúbal allí, para cerrar la justificación teórica y empírica de esa necesidad de transformación, utilizar una frase de Wordsworth durante el primer aniversario de la toma de la Bastilla: “Estar vivo en ese amanecer fue una bendición; pero ser joven, además, el paraíso mismo”. Seguramente ese sentimiento llegue a cruzar también la mente de esas generaciones nuevas de venezolanos que tendrán, en algún momento, la responsabilidad de reinventar de verdad el país.

Miguel Ángel Santos