La semana pasada coincidió en primera página de la prensa nacional la ocupación militar de los silos de Polar en Barinas, con la noticia de una leve subida en el precio de los bonos de la deuda pública venezolana, y la consecuente caída en el “riesgo país”. Como suele suceder en Venezuela, ambas noticias allí, vecinas contradictorias, como si nada tuviesen que ver entre sí, como si una cosa no tuviese nada que ver con la otra. Esa visión, esas noticias-termómetro conviviendo en primera plana, me provocó una reflexión sobre la medida en que se han ido separando en Venezuela dos cosas que por puro sentido común uno pensaría deberían ir juntas: El riesgo del gobierno del país, y el riesgo que corren los ciudadanos que están en el país.

Lo que se suele reportar en los periódicos como “riesgo país”, se ha dicho bastante ya, es simplemente una medida de la probabilidad de que, según la percepción de los inversionistas nacionales e internacionales, el gobierno venezolano no cumpla con sus compromisos de deuda externa. Si los precios del petróleo están en su nivel más alto desde 1982 (en términos reales), y Venezuela es la única economía emergente que posee la totalidad de su deuda externa respaldada en reservas del banco central, es lógico que existan menos razones para pensar que podría haber un default en el servicio de la deuda venezolana (Importante: no existe el término de economía “sumergente”, “emergente” agrupa a todas, a las que están emergiendo, y a las que no). Ese riesgo, la diferencia entre el rendimiento exigido al Ministerio de Finanzas, y lo que debe ofrecer el Tesoro de los Estados Unidos (en títulos con características similares), ha caído desde principios del 2003 en 6%, situándose recientemente alrededor de 4%.

Y he aquí que, sin embargo, uno no siente que el “riesgo de estar en el país” haya disminuido, ni en esa ni en medida alguna. Y hay índices para esas cosas también. Un buen ejemplo son los price-earnings ratios (P/E) de la Bolsa de Valores de Caracas (BVC). Este cociente indica cuánto estoy dispuesto a pagar por las acciones de una empresa ( price), en función de las utilidades ( earnings) que esa empresa generó en el ejercicio más reciente. Mientras ese índice sea más alto, más se está dispuesto a pagar por una empresa en función de sus utilidades de hoy, más se está comprando futuro.

Pues bien, los P/E de la BVC han caído en dos años 89%, 58% en los últimos doce meses, y 51% en lo que va de 2005. Es decir, en ese mismo período en que el “riesgo país” cayó 6%, la percepción de las bondades que el futuro traerá para las empresas venezolanas que cotizan en la BVC se ha deteriorado entre 51% y 89%. Para darnos una idea, los P/E promedio del 2004 para el conjunto de empresas que conforman el Standard & Poor’s 500 Index fue de 18.93, mientras en ese mismo período el de la BVC promedió 9.79 (actualmente se encuentra alrededor de 4.5). Esto quiere decir que una empresa que genera un millón de dólares de utilidades al año, se cotizaría a un precio promedio de 18.93 millones de dólares en Estados Unidos, mientras que por una idéntica en el territorio venezolano se pagarían unos 9.79 millones de dólares (más recientemente 4.5 millones de dólares).

Esa percepción, ese futuro de la empresa privada, de los ciudadanos, de los agentes económicos que están en el país, es lo que se deteriora cuando se decida ocupar militarmente los silos de Polar, o para el caso, los de Heinz, o los de cualquier otro. Ese es el “riesgo de estar en el país”. Mientras tanto, el otro, el de la deuda del gobierno, el “riesgo país”, sigue mejorando. Stanno tutti benne.

Miguel Ángel Santos