Superada la fase de la negación, nos toca a todos dedicarle un rato a pensar en la posibilidad de que Benjamín Rausseo, el Conde del Guácharo, sea candidato presidencial. Por ahora tomémoslo así, como que podría ser candidato, es una primera etapa. De ahí a que sea presidente ya habrá menos. Debemos pensar en él, o en cualquier otro héroe improbable (“outsider”) que hubiese venido a llenar ese gigantesco vacío que hay entre el “esto no puede seguir” y el “aquí no hay más nadie”, por lo que su ascenso nos dice de nosotros como país.

Uno toda la vida ha vivido aquí sospechando que el Estado, el gobierno nacional, y acaso también el país, hoy en día más difíciles de discernir que nunca, no existían, que en el fondo todo esto no era sino una ficción. Uno siempre ha sentido cierto recelo por el Congreso, ahora Asamblea Nacional, porque intuye que allí no se origina ni se discute nada que tenga que ver con nuestra vida cotidiana. Lo que se debe aprobar viene de arriba, de aquél a quien un cierto número de cualidades individuales y una cantidad a veces no pequeña de suerte, le hicieron posible alcanzar en el ejercicio del poder. Como decía Cabrujas en aquella entrevista que le realizara la COPRE, aquí todas las instituciones han sido diseñadas para convalidar y para disimular “lo que a mí me de la gana”. Ahora, que te digan de la noche a la mañana que el Conde del Guácharo es candidato a la presidencia, que camines por las calles del centro y escuches a los motorizados, taxistas y buhoneros hablar de esa posibilidad, es algo así como que te entreguen un certificado de que esas nuestras sospechas e intuiciones eran ciertas, de que todo ese temor que sentíamos de vivir en un país portátil se ha materializado.

Es como el personaje de Kurtz, en El Corazón de las Tinieblas, la novela de Joseph Conrad. Enviado a la selva del Congo como agente comercial de una compañía extranjera a cargo de una operación maderera, termina por asimilarse y convertirse en el líder de las tribus de la zona, por adoptar su vida, sus ritos y sus costumbres. El encuentro a solas con la naturaleza, la ausencia de mecanismos de presión social, y su carencia absoluta de autocontrol, tienen por efecto que Kurtz se deje llevar hacia los instintos salvajes que la selva le despierta. Sólo al final de su vida es capaz de recuperar brevemente la razón, y descubre el terrible hechizo que se apoderó de él: “El horror”. El narrador, a la pregunta de por qué aquél conjunto de impresiones de la naturaleza fueron capaces de arrasar a aquél personaje, responde: “Todo aquello resonó fuertemente dentro de él, porque su corazón estaba hueco”.

En nuestro caso, el Conde del Guácharo es candidato, Chávez es presidente, porque no existe nada que se lo impida. No existen partidos políticos a través de los cuales los candidatos se hayan visto obligados a fluir, a negociar, a convencer. No existe institucionalidad. No ha habido necesidad de hacer propuestas, nadie está hablando de él por sus ideas, él está allí porque él es el Conde del Guácharo. Es una consecuencia del intenso vacío.

Más allá del entusiasmo que pudiese generar esta candidatura, si el Conde del Guácharo (o cualquier otro) llegase a la Presidencia, no hay nada que le impida convertirse en Chávez. Después de todo, ¿qué es el Conde del Guácharo hoy que no lo haya sido Chávez en 1998? Seguimos dependiendo de que quien alcance el poder sea buena gente y tenga buenas intenciones. El poder es el más fuerte de los afrodisíacos, como dijera Mao, y sus efectos son más poderosos aún si se ejerce sobre una sociedad con “el corazón vacío”.

Miguel Ángel Santos