Este es el título de un reportaje de siete páginas que apareció en Abril en la revista Outside, una publicación de deportes al aire libre y turismo de aventura. Uno de sus editores, Patrick Symmes, que ha reportado desde Pakistán, Afganistán, Mongolia y viajado con la guerrilla Maoísta por la selva de Nepal, se vino a nuestro país en busca de aventuras y salió de aquí con “una historia que lo perseguirá por siempre”.

El relato de Symmes viene a reforzar ese escalofrío que se siente cuando uno aterriza en Caracas y se consigue en la cola de inmigración con un turista. Symmes pasó seis días en Caracas tratando de conseguir un pasaje a Los Roques. De acuerdo con sus impresiones de la capital, el clima es ideal, a la gente le gusta rumbear y conversar con extranjeros, y es evidente que los de aquí se encuentran entre las personas más felices de la tierra. Aunque, resalta el editor, todo eso suena mejor desde lejos.

El viajero encuentra que a la mayoría de los venezolanos no le gusta ensuciarse, arremangarse la camisa y trabajar; siendo las principales preocupaciones de su población urbana el buen whiskey, la cirugía plástica y los concursos de belleza. En Caracas le leyeron el decálogo del viajero en Venezuela: Nunca cargues todo tu dinero en un solo sitio, no camines por La Candelaria de día, o por ningún área de Caracas a cualquier hora, no tomes taxis en la calle, no dejes los seguros abajo en un semáforo, no aceptes bebidas de extraños, no te vistas de forma ostentosa. Tras su experiencia en Venezuela, agrega dos más. No esperes demasiado del país. Si vienes con la imagen idílica del aventurero que conquista el Salto Ángel y descansa en los Roques, saldrás con el corazón partido (y aún así, eso podría ser barato). La segunda: Nunca te descuides.

Symmes consiguió llegar a Los Roques (no al Salto Ángel) y se antojó de visitar en una barca a motor las torres petroleras del Lago de Maracaibo. Antes de eso, se alojó en un hotel en la capital zuliana, en donde coincidió con un grupo de peloteros extranjeros de los Tigres de Aragua. Según ellos, ganaban aquí bastante más que en las ligas menores, pero no querían volver. Están cansados de jugar bajo el riesgo de una lluvia repentina de piedras y botellas, perdieron todo su equipaje cuando unos ladrones secuestraron el autobús del equipo cuando se dirigía al estadio, y durante uno de los juegos el clubhouse fue barrido por un pequeño grupo de hombres armados.

Symmes llegó a navegar por el lago y hasta logró subirse a la plataforma de alguna torre petrolera. A su vuelta a la orilla, al final de la tarde, se dio cuenta de que el taxi que lo debía esperar se había marchado. Empezó a caminar en la oscuridad hacia el centro de Ciudad Ojeda. Allí encontró un grupo de niños de 12 o 13 años, jugando baseball. Uno de los niños se le acercó sonriente, se levantó la camisa dejando ver la culata de una pistola y le dijo: Tengo hambre. Nada más. Tengo hambre. Una sola frase, una sola actitud, en donde cabe un país entero.

Logró salir vivo, gracias a una combinación de suerte, bolívares fuertes y un fajo de billetes bolivianos impresos durante el período de la hiperinflación. No todos viven para contarlo.

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Miguel Ángel Santos