Un grupo de productores venezolanos que leyó mi nota la semana pasada sobre el gobierno y el ALCA se han tomado la molestia de escribirme unas líneas para decirme dos cosas: 1) Que entienden el argumento de los grandes beneficios que puede traer el acceso a mayores mercados, y 2) Que no están en capacidad de competir, que si aquí permiten la entrada de importaciones sin aranceles en sus respectivas industrias, ellos tienen la convicción de que desaparecerán.

Y no es para menos. Ya tienen suficientes problemas lidiando con los cientos de obstáculos que el gobierno nacional les ha puesto en su aventurada carrera: Amenazas de expropiación, inseguridad jurídica, inestabilidad en las reglas del juego, ajustes salariales inconsultos, inamovilidad laboral, Ley del Trabajo, cogestión, sindicatos paralelos promovidos por el gobierno, controles de precios, CADIVI y el control de cambios, retrasos en permisos fitosanitarios, verificadoras de aduana, incumplimiento en el pago del draw back y no pare usted de contar. Lidiar con el gobierno es poco menos que imposible, ya no digamos con otros productores basados en países en donde normalmente sus gobiernos los apoyan, y en los peores casos simplemente no los hunden.

No tiene sentido hablar de ALCA (o de algo parecido) en un país así. ¿Qué cosas discuten otros países en las negociaciones de los tratados? Ejemplo: Charles Summer, senador por Nueva York, amenaza con imponer un arancel de 28% si China no revalúa su moneda en esa misma magnitud. La política de devaluaciones “competitivas”, común a todos los procesos de crecimiento del Sureste Asiático, está favoreciendo a los productores chinos más allá de lo que sería justo según las brechas de productividad. Nosotros, mientras tanto, de forma voluntaria sobrevaluamos la moneda para seguir importando barato. Véase por ejemplo la Unión Europea, que después de muchas negociaciones y forcejeos ha ofrecido bajar los aranceles agrícolas en 39%. Mientras tanto, el gobierno venezolano, voluntaria y unilateralmente, importa productos agrícolas y pecuarios directamente desde el Sur, sin pagar aranceles, ni IVA.

Alguien me escribe desde México, país con tratados de libre comercio con 21 Estados, algunos de los cuales datan de más de 20 años. Los temores al principio eran los mismos. Años después, la evidencia que proviene de numerosos estudios indica que valió la pena superar el miedo, las ventajas que ha traído el crecimiento del sector exportador han superado los costos del reacomodo industrial.

De aquí se deriva el tipo de liderazgo necesario para crecer y reducir la pobreza de forma sostenida: Uno que negocie en serio, que se enfrente a los detalles técnicos, que defienda nuestros intereses, que nos explique las ventajas y los riesgos, que nos ayude a superar los temores, que nos exponga las bondades de las experiencias de China, de India, de Chile. Uno que persuada, que convenza, no uno que complazca. Venezuela, con un líder así, apostaría por una economía de libre mercado. Al menos así lo certifica el estudio más reciente de Latinobarómetro.

En su esfuerzo por identificar el ALCA con Bush y con Irak, el gobierno evita mencionar que los países de mayor avance en materia de crecimiento económico y reducción de la pobreza (Chile, China, India) están inscritos dentro del marco de acuerdos de libre comercio. Esto ha probado ser mucho más efectivo que los programa de ayuda internacional que el nuestro tanto defiende.

Desde Uruguay, un periodista me escribe: “¿Es verdad que Chávez está tan cómodo? ¿Es verdad que puede decir en nombre de Venezuela lo que le de la gana, en donde le de la gana, pelearse con quien le de la gana, y que allí no pase nada?”.

Miguel Ángel Santos