Las primeras páginas de los libros introductorios de economía, esas que cuando se leen aún huelen a nuevo, a pulpa de papel, suelen advertir acerca de las limitaciones de esta disciplina, como ciencia, para realizar experimentos. Aquí todo el tiempo estamos en vivo. En economía no hay tubos de ensayo, ni realidades creadas de manera abstracta, ni ratas de laboratorio. El control social, el equilibrio que se requiere para continuar en el ejercicio del poder, y la escasez de recursos, suelen ponerle límites a las fórmulas que se pueden ensayar cuando se trata de la gente.

Hay épocas en la historia, sin embargo, en donde una concentración anómala de poder en unos pocos (o, ya que estamos aquí, en uno sólo), combinada con esa especie de apatía o hipnosis colectiva que ciega y paraliza, ha abierto oportunidades para experimentar con la realidad social. Hay mucho de eso en los episodios de los últimos días en Venezuela, en las reacciones de quienes hacen política, todo tiene un sabor a experimento, a vamos a ver qué pasa, a vele dando que el golpe avisa.

Después de pasar tres años promoviendo el aumento del consumo vía importaciones, de haber asfixiado a los productores locales con bienes traídos del exterior en condiciones de franca desventaja, ahora el gobierno ha decidido ensayar con la restricción de importaciones. Ha comenzado por cerrar la venta de divisas a algunos rubros puntuales, materiales de empaque, promoción y auto-partes entre ellos, por citar sólo algunos casos concretos. La razón: Esos bienes pueden ser producidos en Venezuela. Ahora bien, ¿eso no era cierto también hace tres o cuatro años?

Peor aún, ese esfuerzo por sustituir importaciones por producción local se hace no sólo cuando la inversión privada se encuentra en su punto mínimo, sino también en medio de un discurso que amenaza con eliminar los ya de por sí escasos incentivos que existían para invertir en Venezuela. El Estado, con base en unas exportaciones petroleras de 12.500 bolívares por habitante por día, piensa que puede mantener todo el aparato productivo (Magallanes incluido) a punto de subsidios directos. Como lo dijera Antonio “el Potro” Alvarez: Yo no puedo decir con claridad qué podría resultar de esto, pero que le metan mano (al Magallanes), a ver qué pasa.

CADIVI, que llegó a liquidar más de 160 millones de dólares al día en diciembre, cerrará enero con un poco más de 90. La consecuencia inmediata: Bienes escasos en los anaqueles, cotizaciones suspendidas, aceleración de la inflación, y una presión sobre el mercado paralelo. Se combinaron la incertidumbre y la ausencia de divisas, con el abandono del mercado paralelo. Esta vez no hizo falta que cayeran los precios del petróleo.

Todo este nuevo escenario, toda esta ansia por ensayar las soluciones propias y experimentar con la realidad, se ha montado en un país que con importaciones récord, con tasa de cambio fija (sin devaluación), y con controles de precios, cerró el 2006 con la tasa de inflación más alta de América Latina (17%), y con una inflación de alimentos que supera el 28%. Dale que el golpe avisa. El golpe, en éste caso, es la pérdida de poder adquisitivo, la desocupación, el hambre, a ratos la muerte.

Miguel Ángel Santos