Un trabajo en el que recientemente he tenido la oportunidad de colaborar con Abelardo Daza, investigador del IESA, le ha puesto números concretos a la inmensa máquina de manufacturar pobres que está montada en Venezuela desde hace veinticuatro años. El estudio se concentra en el análisis del proceso de creación de pobreza durante la década de los noventa, pero su estructura y sus conclusiones son fácilmente extrapolables tanto para la década de los ochenta, como para los últimos dos años.

Durante la década de los noventa se incorporaron al mercado laboral cuatro millones de venezolanos, a razón de unos cuatrocientos mil en promedio cada año. De estos cuatrocientos mil, doscientos cincuenta mil son directamente atribuibles a cambios en la estructura demográfica de Venezuela. En otras palabras, si bien la tasa de crecimiento poblacional del país se ha ubicó entre el año 2000 y el 2001 en apenas 1.7%, quienes se incorporan a la fuerza laboral hoy en día nacieron a mediados de los años ochenta, cuando Venezuela exhibió una tasa de crecimiento poblacional superior al 3%. Los ciento cincuenta mil restantes son desertores escolares y madres que se han visto obligados a abandonar sus escuelas y sus hogares en búsqueda de un empleo que ayude a la familia a sostenerse en medio de la crisis económica.

Mientras estos tres factores se combinan para incrementar la oferta laboral cada año, por el lado de la demanda el gigantesco fracaso económico ha inhibido el proceso de generación de empleos formales. Es así como durante esa década esos cuatro millones que se incorporaron a la fuerza laboral, se encontraron con un número de nuevos empleos formales que no pasó de cuatrocientos setenta mil. En otras palabras, sólo doce de cada cien nuevos trabajadores venezolanos fueron absorbidos por la economía formal. Los restantes se quedaron desempleados, o se incorporaron a la economía informal, pasando el número de trabajadores venezolanos dedicados a estas actividades de 42% en 1990 a 53% en el año 2000.

El aumento del sector informal dentro de una economía que no crece, provocó una caída en el ingreso real promedio del sector. En consecuencia, a partir de 1999 la mayoría de los informales no está recibiendo suficientes ingresos como para pagar la canasta alimentaria básica mensual.

Para cerrar la cadena productiva de pobreza, el estudio demuestra que el aumento en la cifra absoluta de desempleados e informales durante los años noventa, se parece muchísimo al aumento registrado en la pobreza extrema.

No es difícil identificar las tendencias actuales de todas las variables que conforman este proceso de manufactura de pobreza. Por un lado la población laboral continúa creciendo por el cambio demográfico, pero esta vez la crisis económica está resultando más profunda que cualquier otra en la historia económica de Venezuela, lo que seguramente está forzando una mayor deserción escolar y un aumento en la participación laboral de las mujeres. Por otro lado la caída del producto interno bruto del año 2002 y la que se espera para el 2003 vendrá a destruir una proporción importante de empleo formal.

Este orden de ideas y magnitudes nos inyecta cierta urgencia sobre la necesidad de empezar a pensar en forma sistemática en programas orientados a reducir la pobreza en forma sostenida. Hoy en día, la probabilidad de ser pobre para quienes se incorporan al mercado laboral es cada vez mayor. Si seguimos como vamos, pronto esa probabilidad va a pasar a ser una certeza.

Miguel Angel Santos