La cultura del derroche. Es eso lo que nos ha traído hasta aquí. Es ese patrón consumista el responsable de que, luego de la prolongada bonanza petrolera, hayamos vuelto a ser una suerte de Macondo tras la salida de la compañía bananera. Para el Ministro, que ahora exhibe un tono jovial, todo radica en que le gente es imbécil: “Aceptan que los comerciantes les vendan los bienes y servicios a cualquier precio… A mí si me quieres vender algo caro, yo no te lo compro”.

El problema está en qué hago si “no te lo compro”, en el “a quién se lo puedo comprar si no”. La batalla contra el “diablillo de la inflación”, como lo ha definido Giordani, ya casi reproduciendo al conejo de Alicia en el País de las Maravillas, no se puede librar sin hablar de producción y de competencia. Si alguien está pagando bienes y servicios a precios “caros”, debe ser porque no tiene otra alternativa. Quizás las otras compañías que producían ese bien ya han quebrado, quizás hay muchos ahí capaz de producir esos bienes y servicios más baratos, pero están aterrorizados por la falta de legalidad, por la macoya de la permisología, por la fragilidad de la propiedad privada. Quizás se mudaron de Venezuela hace algunos años, se largaron con sus plantas, sus empleos y su producción a otra parte, mientras los mirábamos con indiferencia.

Muy poca convicción Ministro, y mucha necesidad. Durante los años de la bonanza petrolera nadie le oyó hablar de frugalidad. El neo-riquismo salvaje nos caía en cascadas desde lo más alto del poder; nuestro tren ejecutivo regalando dinero a todo aquél que aceptara nuestra ingerencia o que fuese tan inteligente como para simularla sin involucrarse demasiado. Casas, autopistas, tanques, aviones mirage, gasolina barata, petróleo subsidiado, algo así como treinta y tres mil millones de dólares nuestros que fueron a dar a otras latitudes sin que tuviéramos una palabra que decir. Elecciones enteras ganadas a punta de repartir real. Los funcionarios públicos se hicieron con porciones cada vez más grandes del aparto productivo venezolano, ya sea a través de complejas redes de testaferros, o de la expropiación directa. Desde el propio gobierno se promovió un boom de consumo brutal por la vía de un influjo masivo de importaciones a dólar oficial, ahogando la producción y la competencia nacional. ¿No es sobre ese boom sobre el que ha navegado la propuesta política de la revolución?

Ahora que todo eso ha pasado, ¿qué vamos a hacer? Al menos, empiece por reconocer algo de lo que no hemos hecho. Ud. no es un recién llegado, aunque nos hable del “enorme déficit de vivienda” como si lo fuera, como si no tuviese allí once años, con un breve interregno. No tiene sentido seguir persiguiendo a mansalva a quienes producen, seguir infligiendo pérdidas en el poder adquisitivo a quienes se queden con bolívares, e implementar una política de endeudamiento salvaje para ofrecerles dólares por el otro lado, “para controlar el precio de la divisa no-oficial”. ¿No sería mucho más sano pensar en qué hacer para evitar que todo el que agarre un bolívar quiera salir corriendo a comprar dólares? Ya es tarde para vender el Ferrari Ministro. Muy poca credibilidad, muy tarde y muy poco.

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Miguel Ángel Santos