“Usted lo que nos está planteando es un paquete tradicional de ajuste macroeconómico y reforma estructural, cuando en realidad nosotros necesitamos un conjunto de medidas y un modelo económico acorde con el sentir y la manera de ser del venezolano”. Este comentario perspicaz – con sus más y sus menos, hago la cita de memoria – se lo debo a Eduardo Quintero (durante el almuerzo anual de FEDECAMARAS realizado el pasado 10 de Diciembre), quien me ha provocado algunas reflexiones.

Es una interrogante que surge de manera natural entre venezolanos de diversas vertientes, empresarios, estudiantes, políticos e intelectuales, que sienten que el país ya ha agotado todos los modelos hechos y las políticas comunes en su esfuerzo por detener el deterioro y asomarse al desarrollo. Mis primeras reacciones ante esta duda legítima van alrededor de tres líneas de pensamiento. Se me viene a la mente el Metro de Caracas. Yo me atrevería a decir que quienes tuvieron la responsabilidad de desarrollar y ejecutar este proyecto no se plantearon en ningún momento la creación de un sistema de transporte acorde con el “sentir del venezolano”. En lugar de eso, presumo que este conjunto de hombres se esforzó por crear un sistema eficiente, con reglas claras, que son reforzadas a nivel cognitivo por los mensajes comunicacionales apropiados, y a nivel físico por las autoridades y los dispositivos de seguridad de ocasión. Ese desarrollo colocó al venezolano en un marco de referencia en donde no se pensó en adaptar el proyecto al sentir venezolano, sino en exponer al venezolano a la manera natural, tradicional y armónica de funcionamiento de este sistema de transporte en otros países. No hace falta decir que el venezolano promedió respondió.

Esto me conduce necesariamente a pensar si verdaderamente existe la posibilidad de transpolar este pequeño ejemplo a esferas más amplias del acontecer nacional: ¿Estamos preparados los venezolanos para funcionar correctamente dentro de una economía de mercado?. Aquí mi primer pensamiento es para los vendedores ambulantes que se ubican en las vías de mayor circulación: Un día venden tostones, otros flores, a veces cocosettes, y si hay alguna marcha próxima se movilizan rápidamente hacia banderas, pitos, y otros instrumentos de manifestación colectiva. Si la circulación baja o demasiados vendedores se ubican en la misma ruta, el equilibrio va moviendo a quienes sobran hacia otras vías, hacia otras colas. No hay nada más parecido al espíritu de la economía de mercado que esa fuerza ciega e intuitiva que mueve a muchos venezolanos, lamentablemente, a transitar la ruta de la informalidad. Esa es la quinta esencia del venezolano dejado a la suerte de su propio destino, esa es la iniciativa empresarial privada dándole una respuesta inmediata a la incapacidad del Estado para promover la creación de puestos formales de trabajo. Yo creo que esos venezolanos, ese 54% que hoy se dedica a la informalidad, no pudiese haber tomado mejores lecciones que las que le ha dado de manera involuntaria y forzosa la revolución, sobre cómo procurar la supervivencia en una economía neoliberal y salvaje, la economía informal venezolana.

Estas reflexiones no excluyen la realidad cierta de que la situación de déficit de atención social que han creado en Venezuela más de 25 años de estancamiento económico, obliga a pensar en soluciones creativas y ajustadas a nuestra condición particular. Estos inmenso déficit social, si no se ataca en el corto plazo, impone serias restricciones y más aún, amenaza la estabilidad y continuidad de cualquier sistema de reglas basado en el sentido común para promover la iniciativa empresarial.

La naturaleza de estas limitaciones y amenazas, sus efectos, y remedios, es un tema complejo que abordaré en una próxima ocasión. Quede como corolario de estas reflexiones una frase de Marcelo Mastroianni en la película “Estamos todos bien”: “¿Usted quiere que sus hijos sean unas grandes estrellas? Pues bien, empiece por enseñarles a ser como todo el mundo”.


Miguel Ángel Santos