El asueto obligado de estos últimos días, cortesía del CNE, me ha dado la oportunidad de revisar el libro de Hannah Arendt que le da título a esta crónica. En él la filósofa alemana se pasea por la vida de un conjunto de hombres de ideas a quienes les tocó vivir en épocas de catástrofes políticas y desastres morales, estudiando sus mecanismos no solamente de conducta y supervivencia, sino de aporte clandestino a la sociedad que sucedió a estos tiempos de oscuridad. No es un libro de filosofía, es un libro de personas, de vidas, de qué hicieron con sus días y cómo lo hicieron en medio de ese tiempo que les tocó vivir.

Más allá de la circunstancia particular de cada personaje, me quería referir yo aquí a la conceptualización de tiempo de oscuridad que sirve de patrón común a sus vidas. Lo más sorprendente de épocas así es que la oscuridad ocurrió en el espacio público, no hubo nada de secreto o de misterioso en ella. Y aún así “no era en absoluto visible a todos y además no era nada fácil percibirlo; porque hasta el momento mismo en que la catástrofe se echó encima de todo y de todos, permaneció encubierta, no por las realidades, sino por la gran eficiencia del discurso y el lenguaje ambiguo de casi todos los representantes oficiales, quienes continuamente y en muchas variaciones ingeniosas hacían desaparecer con sus explicaciones los hechos desagradables y la legítima preocupación”.

Más adelante, más ajustado aún a la realidad venezolana: “Si la función del ámbito público consiste en iluminar los asuntos de los hombres ofreciendo un espacio a las apariciones donde pueden mostrar en actos y palabras quiénes son y qué pueden hacer; entonces la oscuridad se extiende en el momento en que esta luz se extingue por las ’lagunas de credibilidad’ y por un ‘gobierno invisible’, por un discurso que no descubre lo que es, sino que lo esconde bajo la alfombra mediante exhortaciones morales y otras que, con el pretexto de defender antiguas verdades, degrada toda la verdad a trivialidades carentes de significado”.

Estas dos citas me parecen de extraordinaria pertinencia en Venezuela, donde ya la palabra ha perdido toda relevancia y quien se atreve a realizar una declaración pública es frecuentemente objeto de desconfianza, cuando menos de duda. La palabra en nuestra sociedad oscura ha perdido todo valor, los asesinos se pasean por la calle de traje convenciendo a quienes estén dispuestos a escucharlos que son ellos los verdaderos agredidos, y los asesinados y heridos los agresores violentos. Los líderes de otras épocas abrazan las nuevas causas, con sus ambiciones quizás intactas y su nueva cara de candor. Vivimos en una sociedad en donde quienes solicitan de todas las maneras posibles y pensables una consulta popular, son atacados por la guardia nacional y denunciados por el gobierno como golpistas, fascistas, y terroristas. Vivimos en un país en donde quienes votaron en contra de la nueva constitución se aferran ahora a sus preceptos y quienes la promovieron recurren a argucias para pisotearla con alguna elegancia legal. Es en esa sociedad en donde todo el mundo desconfía de todo el mundo, en donde el rumor a veces es una certeza y los anuncios públicos tanto de los oficialistas como de la oposición carecen de toda credibilidad, es en ese ambiente oscuro en donde deben desenvolverse y surgir los hombres de ideas. Es ahí en donde este libro de Hannah Arendt se vuelve extraordinariamente útil, no en cuanto código de conducta, a fin de cuentas cada quien tiene sus propios medios para sobrevivir la oscuridad, sino en una voz de esperanza: Sí se puede seguir siendo fiel a los propios principios y luchar por una nueva sociedad en medio de la oscuridad.

Con este ambicioso libro Hannah Arendt nos pone ante la vista de un conjunto de hombres y mujeres (Berthold Brecht, Rosa Luxemburg, Karl Jaspers, Isak Dinesen, entre otros) que no solamente tuvieron que luchar contra sí mismos, contra sus propios errores y tropiezos, como nos toca hacer a todos nosotros todos los días, sino además enfrentaron el reto de luchar contra un conjunto particularmente miserable de circunstancias externas y esforzarse por promover desde allí el alumbramiento de una nueva época. Como se ha visto aquí, las expresiones que definen esos tiempos en el prólogo coinciden casi sorpresivamente con las que rodean la circunstancia venezolana. Esa coincidencia no es tal, es simplemente que los códigos de quienes dirigen a las naciones en tiempos de oscuridad son de extraordinario parecido, cada uno con sus matices particulares. Sirvan estas líneas y la lectura de esta obra para promover que, ya que nos ha tocado en desgracia vivirlos, nos llegue también la bendición de ver surgir verdaderos hombres de estos tiempos de oscuridad. Porque incluso en los tiempos más oscuros tenemos el derecho de esperar cierta dosis de iluminación.

Miguel Angel Santos