Existen algunas características dentro de la economía venezolana que han puesto a muchos a pensar en el ahorro a largo plazo, y en los vehículos más apropiados para transportar esos ahorros al futuro con verdadera capacidad de compra. En primer lugar, la inmensa burbuja de liquidez que ha inundado al mercado venezolano. En segundo lugar, que esa burbuja de liquidez se ha gestado en un mercado sin instrumentos financieros: Del total de bonos en la calle, 98,7% corresponden al gobierno. ¿Acciones líquidas? Muy pocas. En tercer lugar, la política de anclaje cambiario del gobierno, aunque sea un evento único que corresponde a un año electoral, abre la puerta para que los aumentos de sueldos y de valor de activos (vía inflación) se conviertan también en aumentos en dólares. Y en cuarto lugar, muy importante, predomina cierto sentimiento de bonanza temporal, cierta urgencia por averiguar cómo sacar el mejor provecho de esta situación. En este último sentido, entre los agentes privados sí existe la percepción de que es necesario ahorrar en tiempos de vacas gordas, para poder estabilizar el consumo en épocas de vacas flacas.

Muchas empresas por estos días han cambiado sus planes de jubilación de beneficio definido a contribución definida, un mecanismo que según el sistema de aportes (¿cuánto pone la empresa por cada bolívar que pone el trabajador?) podría ser muy favorable para los trabajadores. Bajo beneficios definidos, el trabajador tiene establecido qué porcentaje de su último sueldo comenzará a devengar una vez retirado. El beneficio está definido, obtener los fondos requeridos para cumplir con esos aportes, es responsabilidad y riesgo de la empresa. En el caso de contribución definida, el trabajador típicamente aporta a un fondo un porcentaje mensual de su sueldo, y la empresa aporta una cantidad similar, y en algunos casos hasta mayor. Los saldos que se van acumulando a través de esta contribución definida, se colocan en un fideicomiso y se invierten. Al momento del retiro, transcurridos suficiente número de años, el trabajador recibe sus aportes, más los aportes de la empresa, más los rendimientos obtenidos sobre esos fondos en el tiempo.

Esta mecánica de jubilación, si bien es una de las pocas – si no la única – que permite el ordenamiento legal venezolano, obliga a los trabajadores a poner demasiados huevos en la misma canasta. No sólo el ingreso mensual del trabajador depende de la viabilidad económica de la empresa, sino también su plan de jubilación. En este sentido, que el trabajador no pueda transportar ese fondo de retiro a otra parte (a un fondo de pensiones), trae consigo un altísimo riesgo derivado de la falta de diversificación. Más aún, si se toma en cuenta que entre sus otros activos, seguramente se cuentan inversiones en bienes raíces, y otros activos fijos en Venezuela.

Esta ineficiencia, cortesía de las limitaciones a la estructuración de fondos de pensiones privados, le ha dado aliento a los planes de retiro en dólares. Se debitan mensualmente, del cupo de internet de tarjetas de crédito, a tasa oficial, y (sin ofrecer rendimientos del otro mundo), representan una cesta diferente en donde colocar los inestable huevos venezolanos.

Miguel Ángel Santos