La crisis mundial está dándoles mucho trabajo a los gobiernos del mundo. Se entiende. Allí en donde predomina cierto grado de democracia, los gobiernos están obligados a trabajar duro para proteger los trabajos de sus ciudadanos. No importa si lo hacen para perpetuarse en el poder o si tienen por una preocupación genuina por el bienestar colectivo. El resultado es el mismo. Los indicadores líderes están poco a poco delineando los trazos de un panorama poco alentador: Las economías del mundo han caído algo más de lo esperado en el primer trimestre y el número de empleos destruidos también ha superado las previsiones. Aunque las tasas de interés han caído, la disposición a consumir se mantiene muy baja. Muchos han recortado su consumo para abrir espacios a pagos de hipoteca (los que aún tienen) y ahorros para los días de lluvia, lo que a su vez hace aún más lenta la recuperación.

Ese panorama abre espacio para la política fiscal. Siguiendo una vieja receta, muchos gobiernos han tomado prestados los depósitos de los que huyen en búsqueda de seguridad para financiar así un incremento en el gasto público. Es un esfuerzo por sustituir el impulso que los agentes privados por ahora no están dispuestos a darle a la economía. Esta estrategia ha desatado un debate muy interesante a nivel mundial, en especial en Estados Unidos. Para los conservadores de derecha, el enorme incremento en la deuda de las diez economías más desarrolladas traerá como consecuencia una carga impositiva muy fuerte sobre las futuras generaciones. Eso equivale a socializar las pérdidas que resultaron de las malas decisiones económicas de un grupo y distribuir la carga entre todos, en especial las generaciones futuras.

El problema está en que esa derecha rancia no es capaz de ofrecer soluciones a la salida de la crisis. El gasto público financiado vía endeudamiento es lo que ha sacado a la economía mundial de las grandes recesiones, en tiempos de guerra y en tiempos de paz. Los niveles de deuda se han diluido posteriormente debido a la aceleración del crecimiento. Además, la derecha ha defendido a capa y espada el enorme endeudamiento de la época de Reagan, para financiar la carrera armamentista y el déficit en cuenta corriente de Estados Unidos. ¿Por qué la deuda no era entonces un problema y ahora sí lo es?

En cualquier caso, el debate está ahí, no hay malos ni buenos, sólo hay dos enfoques distintos de ideas y políticas. Aún en Fox News, la casa de la derecha extrema, uno no escucha a los conductores decir: “Pero qué puede decir él, ese que tiene unas cabezas de animales muertos en su casa, ese es un ladrón”. Esa es el arma de los que no tienen ideas. También es cierto que el nuestro nunca ha tenido necesidad de redactar su CV, nunca ha ido a una entrevista de trabajo, nunca se ha ganado una quincena con el sudor de su frente. Por eso no es capaz de apreciar el trabajo productivo, por eso suele replicar a la huida masiva de compañías transnacionales de Venezuela con un: “Que se vayan, a nosotros no nos hacen falta”. Qué va Presidente. Si nos hace falta. Nos hacen mucha falta. En especial a los que no crecimos pegados de la teta del Estado venezolano.


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Miguel Ángel Santos