“¿Tú quieres ganar en bolívares o en dólares? Este argumento del tipo “¿tu quieres ver cómo desmancho tu ropa dejándola limpiecita en cinco segundos?” suele estar presente en todas las discusiones sobre los méritos de dolarizar o no la economía venezolana. Claro, así luce muy atractivo. ¿Cómo funcionaría esto?

Cuando un país dolariza, recoge toda su moneda local a cierta tasa de cambio. Esa tasa debe estar cerca de la relación liquidez a reservas, hoy en día 8.9 bolívares por dólar. A partir de ahí, para aumentar el circulante hay que exportar más, recibir más inversión o endeudarnos más. Ahora bien, la volatilidad de nuestras exportaciones es fenomenal. Ya sea calculada en términos reales o nominales, en períodos de 20-40 años, la volatilidad nunca es menor a 50%. Esto es, podemos exportar un año $30.000 millones y el próximo cualquier cosa entre 15.000 y 45.000 (o peor). La dolarización trasmitiría toda esa volatilidad a la economía. ¿Subió el precio del petróleo? Se viene un río de divisas. ¿Bajó? No aparece el circulante por ningún lado. ¿Y si se dolariza y se crea un fondo de estabilización? Ya eso se parece bastante a un banco central (a uno de verdad, no al nuestro de por estos días).

Al contrario de lo que pregonan las cuñas de la dolarización, la inflación no converge de forma inmediata (y en algunos casos nunca converge del todo) con la de Estados Unidos. Eso hace que las cosas a nivel local se hagan más caras y pone presión sobre la cuenta corriente (menos exportaciones, más importaciones). Esa brecha es imposible de corregir a través de mayor productividad local. La única forma de sostenerla es vía deuda. La apuesta es que la mayor credibilidad va a atraer tanta inversión y a generar tanto crecimiento, que los males descritos aquí serían menores. Y la verdad es que aunque al comienzo se observa mayor crecimiento y menor inflación, se hace muy cuesta arriba mantener esa “afluencia” a punta de deuda.

Cuando, tras la primera guerra mundial, muchos países decidieron retomar el patrón oro, algunos lo hicieron a las paridades pre-guerra (Inglaterra, a costa de un enorme sacrificio: deflación y desempleo), mientras otros prefirieron devaluar (Francia). El mercado premió a estos últimos: ese era un compromiso de cumplimiento más probable. El tiempo les dio la razón. Desde entonces la evidencia es amplia: Los mercados no premian a países que adoptan compromisos draconianos, de baja probabilidad de cumplimiento en el mediano plazo.

La dolarización obliga al gobierno a renunciar a la política monetaria y a hacer outsourcing en Estados Unidos. Esto también suena muy atractivo: “¿Tu prefieres a Bernanke o a Merentes?”. El problema está en que, por un lado, el dólar se está devaluando, y por el otro, Bernanke decide la política según las necesidades de Estados Unidos (aunque por estos días uno nunca está seguro), no de las nuestras. La dolarización presupone que el gobierno es por definición incapaz. Siendo así, es mejor quitarle el monopolio de imprimir dinero. Y la verdad es que, si el gobierno es incapaz, jamás va a decidir ponerse esa camisa de fuerza. Y si lo hace, alguna capacidad tiene. En definitiva: no hay atajos. ¡A fregar!

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Miguel Ángel Santos