No deja de tener cierta ironía que haya sido aquí, en la pequeña librería del Palacio de Bellas Artes en Ciudad de México, bajo esas mismas paredes que hospedan los murales “El hombre controlador del universo” de Diego Rivera y “La nueva democracia” de David Alfaro Siqueiros, que haya dado al fin con un ejemplar del segundo volumen de memorias de Sándor Márai “¡Tierra, Tierra!”. Abre el telón el cerco de Budapest y la expulsión de los nazis por parte de los comunistas (1944-45), lo cierra el inevitable exilio de Márai a Suiza (1948).

La obra está dividida en tres partes. La primera: La llegada de los comunistas a la vecindad de Budapest. “Aquellos jóvenes rusos no podían traer la libertad, puesto que ellos tampoco la tenían”. La naturaleza impredecible de los soldados, la facilidad con que pasaban de la deferencia al saqueo, a la violación de la propiedad de quienes habían venido a rescatar del fascismo. Las primeras reacciones de los húngaros simpatizantes con la nueva ideología. “Algunas almas sensibles que – guiadas por sueños utópicos - afirmaban que la inhumana estrategia de los comunistas se debía a errores momentáneos y pasajeros, se despertaron, en la mayoría de los casos, cuando el régimen soviético las tenía ya agarradas por el cuello”. Esta primera parte concluye con la idea de que los nuevos ocupantes habían venido con una misión histórica muy clara: Aniquilar todo lo anterior. Hasta ahí llegaba. Esa misma naturaleza destructora les terminó por hacer imposible el aportar, el construir algo nuevo.

La segunda parte corresponde al surgimiento del nuevo orden. “Ciertas personas descubrieron que entre las ruinas tenían más posibilidades de surgir que en el pasado. El periodista de tercera que nunca había llegado más que a reportero en algún diario local se afiliaba al partido, y descubría con sorpresa y placer que podía convertirse hasta en Secretario de Estado”. “Eran los tiempos de la velada danza de los arribistas, del baile de máscaras popular, del aquelarre denominado por ellos socialismo”. El texto no está exento de ciertas consideraciones sobre la política económica del régimen. “La empresa privada, condenada a muerte, seguía siendo, incluso en sus formas más primarias, la fuerza productiva y distribuidora que el régimen necesitaba”. “Sobre las ascuas del odio fue arrojada la materia incendiaria de la inflación”. La nacionalización “ocurrió en plena noche, nadie lo supo con antelación: los propietarios no sospechaban lo que iba a ocurrir, y tampoco los nuevos ‘directores gerentes’ (la mayoría de ellos obreros sin calificación)”.

Márai decide emigrar cuando se da cuenta de que se puede sobrevivir a la estatización de cualquier cosa, pero no a la del espíritu. “Querían arrebatarnos el único atributo humano que todavía nos quedaba: El derecho a ser personas con convicciones propias, constructoras de la sociedad a la que pertenecíamos”. Un poema casi perfecto, a la manera de acorde final, cierre esta última parte. Un esfuerzo del escritor por darse aliento para esa vida de apátrida que está a punto de empezar. Pero bueno, no está aquí porque tampoco se trataba de hacer una apología del exilio. Todo lo contrario.


Miguel Ángel Santos