La mayoría de las teorías económicas de crecimiento del producto y del ingreso parten del concepto de dotación inicial de factores. Es ese conjunto de factores con que cada unidad de producción (un individuo, una familia, un país) cuenta para generar ingresos presentes y futuros. Dentro de ese acervo inicial se encuentran cosas tan tangibles como el capital, la tierra, los inmuebles, las plantas y los equipos de producción; y tan etéreas como el conocimiento derivado del estudio y la experiencia, y las capacidades heredadas. En fin, cualquier cosa capaz de traducirse en producción útil para la sociedad, en última instancia, en ingresos.

Esas teorías aplicadas sobre unidades de producción más pequeñas terminan por convertirse también en teorías sobre la desigualdad en la distribución del ingreso. No importa con cuánta eficiencia se ponga a trabajar esa dotación inicial de factores, si empiezas con poco, terminarás con poco. Theodore Schultz, en su discurso de aceptación del Premio Nóbel de Economía en 1979, recogería esta idea en la celebrada frase: “los campesinos no son ineficientes, son pobres”.

Ese concepto, quizás por esa misma simpleza intuitiva, suele ser utilizado para darle sustento a la expropiación y redistribución de la tierra. Según esta lógica, una distribución más igualitaria (o menos desigual) debería conducir a una mejor distribución del ingreso.

El problema con esa manera de ver las cosas es que pasa por alto que la tierra es apenas uno de los componentes de esa dotación inicial, usualmente sobreestimado dentro del conjunto de factores de producción (también un postulado de Schultz). Siendo así, quienes reciben la tierra, aunque la utilicen de la forma más eficiente a su alcance, no logran conseguir la misma productividad (ingreso) que lograría alguien de mejor dotación (mayor conocimiento, experticia, capital, maquinaria, equipos). Apenas se produce la expropiación y reasignación de la tierra, ya se ha creado una situación en la cual ese activo vale más para quien acaba de ser expropiado que para quien acaba de ser premiado.

En condiciones normales esto llevaría a una transacción de mercado, que el gobierno podría impedir prohibiendo la venta de las tierras reasignadas. ¿Y cómo se hace eso? Limitando el concepto de propiedad. Más allá de que se produzca o no la transacción, en el plazo más largo, quienes tengan una dotación inicial mayor terminarán por alcanzar niveles de ingreso mayores, aumentando de nuevo la brecha. Y entonces se hace “necesario” un nuevo ciclo de expropiaciones y reasignaciones. Esta secuencia conduce necesariamente a la fractura definitiva del concepto de propiedad.

En ese punto, el gobierno ya es capaz de constatar el deterioro del ingreso nacional. No podía ocurrir de otra forma, cuando se priva de un factor a quien mejor uso le da, y se le entrega a quien tiene una dotación (capacidad) menor. Algunos gobiernos deciden entonces invertir fuertemente en educación. Pero la educación universitaria también es apenas un factor. Privada del capital, que para ese momento ya se ha escurrido del país en reacción a la ausencia de propiedad, la productividad de la mano de obra más capacitada es muy baja.

Mientras los médicos e ingenieros de la economía manejan taxis y recogen basura, empiezan a meditar sobre la posibilidad de mudarse a otro país en donde sus conocimientos sean utilizados de forma más productiva. Pero el gobierno no los ha educado para que se vayan a ser útiles en otro país. Se hace imperativa ahora la prohibición de salida. Es entonces cuando las autoridades se dan cuenta de que han creado una enorme cárcel de indigentes, no un país. Pero ya es tarde, porque ya el gobierno se ha acostumbrado a la cómoda idea de su propiedad.

Miguel Ángel Santos