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Por estos días las noticias me han hecho recordar una conferencia a la que asistí en el IESA, alrededor del 2007, con representantes del Proyecto Cumbre. En enero de aquél año habían conseguido culminar, sin apoyo externo, la travesía de 900 kilómetros que separa la costa Antártica del Polo Sur. De eso hace ya algún tiempo y no guardo notas de aquella conversación, pero esa misma razón me anima a pensar que mi memoria ha ido decantando y resguardando lo esencial, lo verdaderamente imprescindible, del encuentro. Mi película de aquél día está compuesta por una serie de rápidas sucesiones. La voz de falsete de Martín Echeverría, ya conocida. Los silencios y las expresiones faciales, los ojos desorbitados y la barbilla alta, que intercalan su discurso y transmiten más que las palabras.

Recuerdo que se habló allí de tres cosas que me desconcertaron. En primer lugar, el recuento de los vientos en contra (dirección Norte), que alcanzaban los 45-50 kilómetros por hora, y los días de nula visibilidad. En segundo lugar, que el avance durante ciertos días no se producía en la dirección deseada (Sur), ya sea porque las condiciones así lo impedían, o porque había que atravesar grandes grietas de hielo en regiones escarpadas,antes de llegar a la llanura. La tercera, la que más me llamó la atención y he extraído de mi memoria con mayor frecuencia en estos años, es el hecho de que durante varios días la velocidad a la que se movían los bloques de hielo por donde transitaban era no sólo mayor, sino en dirección inversa, a la que caminaba la expedición. Es decir, aún a pesar del enorme esfuerzo físico, durante varios días cerraron la jornada más lejos que al empezar. Sí, las provisiones son limitadas, están calculadas en base a lo que puede cargar la expedición y para un período determinado, pero hay días en que no se puede hacer más. ¿Y qué haces? “¿Qué haces? Sigues caminando… ¿Qué vas a hacer?”.

Esa actitud coincide con las características de “la paradoja de Stockdale”, descrita por Jim Collins en su best-seller (2001): “From Good to Great”. Jim Stockdale fue un oficial de los Estados Unidos que sobrevivió ocho años de cautiverio y torturas durante la guerra de Vietnam. A pesar de sus escasas probabilidades, Stockdale nunca perdió la fe en que conseguiría salir con vida. El libro de Collins está plagado de eso que los economistas llaman prejuicio de supervivencia: Recoge las prácticas comunes a aquellas compañías que han conseguido pasar de largos períodos de desempeño promedio a largos períodos de altísima rentabilidad, pero no se detiene a considerar a los muchos que haciendo eso mismo no llegaron a ninguna parte. En cualquier caso, la paradoja de Stockdale es una de las cosas rescatables y está formulada en los siguientes términos: “Mantén en todo momento la fe en que al final prevalecerás, cualesquiera que sean las dificultades que enfrentes; pero al mismo tiempo enfrenta los hechos de tu brutal realidad, cualesquiera que estos puedan ser”.

Difícilmente haya algo más apropiado para nuestra salud espiritual que adoptar los cánones de la paradoja de Stockdale. Los hechos no podrían ser más brutales. El cataclismo económico, relativamente fácil de predecir, se ha venido sobre nosotros. El gobierno no tiene ninguna capacidad de enfrentarlo,más allá de algunas medidas puntuales a-la operativo con escasos efectos reales.La oposición se encuentra dividida, desorientada, sin acceso a los medios de comunicación y sin recursos. Nuestra oportunidad de capitalizar políticamente el barranco es baja. A estas alturas, es difícil pensar que una carambola a tres bandas podría arrojar la bola al terreno de la oposición. De alguna manera que viene determinada por los tejidos del autoritarismo, por el anónimo rodillo de la revolución, pareciera que estamos condenados a ser espectadores políticos del desenlace de Maduro.

¿Qué hacer? Seguir caminando. No nos queda otra. La experiencia de quienes han sobrevivido a realidades similares, en la montaña o en la política, señala varios factores. Primero, la necesidad de mantenerse unidos. Segundo, mantener la capacidad de experimentar ante la adversidad, de aceptar que existen diferentes criterios en esa unidad y permitir que quienes así lo defiendan hagan experimentos, midan resultados y ajusten el rumbo, dentro de ciertos límites. Tercero, estar siempre preparado. Mantener el contacto con la gente. Es eso, y mantener la fe en que prevaleceremos al final. Aunque la visibilidad ahora sea nula. Aunque el hielo se deslice en dirección contraria a nuestros pasos. Aunque haya días en los que, tras el enorme esfuerzo, amanezcamos más lejos. Mantenernos unidos y seguir.


Disponible en:
http://www.eluniversal.com/opinion/140212/la-oposi...


Miguel Ángel Santos