La primera vez que estuve en Praga, hace ya casi quince años, apenas habían pasado cuatro años de la caída del comunismo y algo más de veinte tras la invasión soviética de 1969. Las tiendas y los McDonald's ya estaban aquí, así como también las ventas callejeras de uniformes de la policía roja (esa misma que aparece en los videos cayéndole a palos a la muchedumbre concentrada en la Plaza Wenceslao, no todo fue fieltro en la revolución de terciopelo). Pero la mayoría de las calles estaban llenas de checos aún sorprendidos por aquella recién estrenada libertad, tiendas de vecindario, abastos, cafés y, sobre todo, muchas cervecerías.

Hoy el panorama ha cambiado totalmente. Hay que alejarse decenas de kilómetros del centro para encontrarse con algún rastro de vida cotidiana, de autenticidad. Dentro de ese radio, las tiendas de baratijas y memorabilia turística han ocupado la ciudad, los restaurantes exhiben fotos de comida (un signo inequívoco de pésima calidad), los auténticos checos se han largado, sustituidos por kosovares (joyerías), hindúes, pakistaníes y chinos, europeos del Este y más de un local buscando aprovecharse de la ingenuidad o ese estado de relajación que le debería corresponder por derecho a todo visitante. Algo similar ha ocurrido con las grandes tabernas del centro: ya no se ven casi checos por allí, su lugar ha sido ocupado por los tours masivos. Ahora es una fija el personaje del acordeón, tras él dos o tres más desentonando canciones "populares".

La explosión del turismo le ha abierto el apetito a muchos, y la comunidad judía no ha sido la excepción. Han dividido los tickets de acceso a los interesantes monumentos judíos y sinagogas de la ciudad, cuidándose mucho de separar los más importantes. Así, si el viajero desea visitar el antiguo cementerio judío de Josefov y la sinagoga Vieja-Nueva, debe pagar dos tickets que totalizan unos 40 euros. Y ese precio no incluye las guías de audio (otros 40 euros), ni tampoco el derecho a tomar fotografías (2 euros). Dirán algunos, no sin razón, que es un tema de mercado: aun con esos precios las colas eran interminables. La plaza de la ciudad antigua había sido tomada por Hyundai, que colocó pantallas gigantes para ver la Euro 2012 y enormes plataformas exhibiendo sus nuevos modelos, arrinconando el monumento a Juan Hus e impidiendo observar la panorámica arquitectónica del conjunto.

Tiene razón Joaquín Sabina con aquello de que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Aun por encima de los estragos del turismo masivo posmoderno, lo que más he añorado en esta vuelta a la ciudad no ha sido el ambiente bucólico de aquel entonces. En uno de esos giros por las calles de la ciudad vieja, me tropecé con un grupo de mochileros con alguna evidencia de largo trajinar, sentados en las escaleras de una iglesia, haciendo un pequeño picnic a base de sándwiches y vino. Y sí, definitivamente, no hay nada en el mundo que se pueda comparar con esa sensación de inmediatez que trae el viajar barato, no hay afluencia, ni nuevas comodidades que lo puedan compensar. Digo, para que lo tengan en mente aquellos que piensan que nunca tienen suficiente dinero como para viajar.

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