La economía – menos aún los economistas – no puede presumir de la precisión de la ingeniería de obras civiles, pero eso no quiere decir que ambas no tengan ciertos principios en común. En particular, existe en la ciencia económica una lógica similar a la que permitió, dada la tasa de desplazamiento de los terrenos adyacentes y la flexibilidad máxima de la estructura, predecir con relativa certeza el colapso del viaducto. Acaso se pueda decir que en economía es más difícil predecir el tiempo, pero no así la dirección. Veamos tres ejemplos.

La economía puede crecer en períodos cortos de tiempo, sin inversión en tecnología, con base en la capacidad ociosa (capital instalado no utilizado) y la mano de obra ociosa (consecuencia de la inamovilidad). Resulta evidente que a largo plazo ese tipo de crecimiento no se puede sostener. En el año 2004, de acuerdo con cifras que manejan las fuentes oficiales, la inversión privada alcanzó su punto más bajo en la historia: 3,1% del PIB. La inversión pública sumó 7,0% del PIB, para un total de 10,1% del PIB. De acuerdo con la experiencia de otros países en desarrollo, se requieren niveles de inversión promedio de 27% del PIB para alcanzar un crecimiento sostenido de 5% anual. En Venezuela el nivel requerido debe ser mayor, porque los múltiples obstáculos que se han colocado al desenvolvimiento de la actividad económica privada disminuyen la productividad relativa de la inversión. Asumiendo productividad constante del capital venezolano (sin cambiar los arreglos institucionales, ni el sistema de incentivos), un crecimiento anual de 5% del PIB requiere una inversión en la vecindad de 40% del PIB.

Por el lado de la mano de obra tampoco se ve mejor el panorama: En medio de un crecimiento económico de 9,4% en 2005, el INE está reportando una pérdida de empleos en el sector privado de 152.559. Lo que sí aumentó el año pasado fueron los “Inactivos” (747.215) y los empleados públicos (255.799), un par de categorías con escasa posibilidad de contribuir al crecimiento sostenido.

De aquí se derivan otros desequilibrios no menos evidentes. La cantidad de dinero en Venezuela, a pesar de las importaciones y de los enormes (costosos) esfuerzos del BCV, aumentó 58%, 49% y 52% en los últimos tres años. En lo que va de 2006 ya llevamos otro 12%, con una proyección para el año de 35%. Ahora bien, en esos años, la cantidad de bienes y servicios ha crecido a tasas mucho menores que eso. Más dinero detrás de menos bienes debe producir en el mediano plazo (habiendo pasado tres años ya estamos cerca del “mediano plazo”) una aceleración de la inflación. Es cierto que el gobierno puede poner al BCV a recoger dinero en cantidades cada vez mayores, y facilitar mayores importaciones para sacar bolívares de circulación sin recortar el gasto, pero estas políticas también tienen sus límites. En el caso de las importaciones se deprime la creación de empleo, en el caso del BCV se generan pérdidas que pasan a formar parte del déficit fiscal, que se financian a través de la entrega de más deuda pública, etc.

Un último gran desequilibrio menos evidente se encuentra latente en la dinámica del sistema financiero: En los últimos dos años (2004-2005) la tasa de crecimiento del crédito al sector privado ha sido de 106% y 76%, mientras la tasa de interés activa promedio ha sido 17,7% y 15,6%. Mientras el crédito crezca a una tasa mayor a la tasa de interés, la economía está pidiendo prestado para pagar préstamos vencidos, principal e intereses. Esta relación (crecimiento de la cartera de crédito nominal vs. tasa de interés) ha sido una variable clave para predecir crisis financieras. Estamos lejos de allí, pero estamos en camino. Good times are not always good times for lending.

Miguel A. Santos