La derrota en diciembre, la pérdida de favor popular, y la inminencia de las elecciones de gobernadores y alcaldes, han provocado una especie de síndrome de China y las Olimpíadas. Todo el mundo está aprovechando la enorme apuesta que ha hecho el gobierno (las Olimpíadas, como certificado de país civilizado) para intensificar sus demandas, ejercer presión y chantajear, allá con el desorden y el boicot internacional, aquí con una nueva derrota electoral. Y el gobierno (el nuestro) ha ido haciendo concesiones. Un día se deja encantar por el argumento de los líderes sindicales de SIDOR (“la revolución se está debilitando”), otro estatiza las empresas cementeras. En cola están las grandes procesadoras de alimentos. De nada sirve argumentar que la propia situación del país ha provocado el cierre de minas de arena o la quiebra del agro; poniendo a ambas industrias a depender y a sufrir los retrasos de CADIVI para importar materias primas que antes se producían aquí. Nada se crea, todo se transfiere.

A uno le urge, como ciudadano, una respuesta individual ante toda esa destrucción. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo esforzarme por salvaguardar? Saltando de boca en boca, en esas muestras nada representativas de tamaños bajos, uno siente que predomina la peligrosa idea de la destrucción, como mecanismo catalizador del cambio.

Quizás ese sea uno de los rasgos esenciales de nuestra cultura (entendida como todo aquello que nos urge en la vida): Dejar que las situaciones de crisis se prolonguen ex profeso, es más, estimularlas y aún empujarlas hasta límites insostenibles, sin tener una idea clara de cómo haremos al llegar allí, pero siempre con la ingenua certeza de que una vez allí, saldremos adelante, de que ese es el único camino posible hacia el cambio. La improvisación venezolana característica del Falke, el entusiasmo, la tragedia como forma de vivir.

Ese es nuestro estilo, esa es nuestra manera de hacer las cosas: Nosotros, como sociedad, promovemos nuestras propias tragedias. En las tragedias griegas, los protagonistas han llegado a una situación, se han quedado sin viento (anemoi), sin movimiento. Están estancados. Por eso suele haber tantos barcos varados, ejércitos, tripulaciones enteras en la orilla, esperando para hacerse a la mar. Pero no hay manera de moverse. Hay una dejadez colectiva, una especie de temor. Y es entonces cuando ocurre la tragedia. Llega para sacudir, para arrojar a los personajes lejos de la situación actual, para lanzarlos hacia el dolor que están tratando de evitar, pero que los mantiene estancados, y catapultarlos hacia un nuevo escenario. En este sentido, la tragedia griega hace las veces de catalizador de ese cambio que sus protagonistas no son capaces de promover, por diferentes circunstancias.

Nosotros no. Nosotros, a través de nuestra acción, pero con mucha mayor frecuencia de nuestra indiferencia, vamos haciendo posible la entrada en escena de diferentes escenarios trágicos, con la esperanza de que se produzca esa ruptura, nos devuelva el aire y nos conduzca a un nuevo estadio. El fin de Mugabe propiciado por la inflación de 20.000%, o el reconocidísimo “déjalo que se estrelle”. Aunque esta vez vamos todos montados.

Miguel Ángel Santos