La historia tiene sus ironías. Durante los días que rodearon a la pasada Navidad, en la medida en que Carlos Andrés Pérez se acercaba a su fin, aquí en Venezuela Chávez terminaba de retocar un conjunto muy particular de leyes que efectivamente clausuran la democracia venezolana. Y uno no puede dejar de pensar que la historia le ha jugado una broma macabra al país: Dieciocho años después de aquél golpe, diecisiete después de que las élites se asomaran a aquella inmensa hoguera para atizarla con sus propias brazas, Chávez, ahora Presidente, termina de desarmar la democracia, que cae inerte casi al unísono con el último respiro de CAP. Visto así, este acto de nuestra historia culmina con un desenlace de corte shakesperiano, un final común que nos revela que en aquella pira de 1992-1993 se cocinaba algo mucho más grande que la propia figura de CAP: allí se empezó a consumir a fuego lento la propia democracia venezolana.

Más allá de la conocidísima trayectoria de Pérez, quería repasar y ordenar en mi pensamiento, haciendo uso de la disciplina de la escritura, algunos ratos compartidos con el ex Presidente. En 1995 un grupo de estudiantes de la extinta Maestría en Políticas Públicas del IESA le propusimos al ex Presidente, que ya para entonces tenía la Ahumada por cárcel, que nos reuniéramos una vez al mes a conversar. ¿De qué? De lo que nosotros estudiábamos, del país, de la escena internacional, de lo que fuere. A fin de cuentas CAP se sentía cómodo en cualquier terreno. A diferencia de otros, esa comodidad derivaba de su amplio conocimiento de la escena mundial y no de la ignorancia absoluta de su propia ignorancia. “Ustedes serán Master en Políticas Públicas, pero yo soy doctor en ciencias generales”.

En ocasiones nos acompañaban algunos de sus ex Ministros, en particular Miguel Rodríguez y Julián Villalba. En todas aquellas visitas que le hicimos en el transcurso de algo más de un año el rasgo que más me llamó la atención de CAP era su carencia de resentimientos. Miguel, con el carro estacionado en el año 1993 y los rencores vivos, solía recordarle que ese precisamente era el rasgo que había dado al traste con su Presidencia, su presunción de buena fe lo llevó a renovar la Corte Suprema de Justicia y a nombrar a un conjunto de magistrados que acabarían por ceder a las presiones de las élites. El caso más resaltante fue el de Ramón Escovar Salom, a quien Pérez, tendiéndole un puente, nombró Fiscal General a pesar de una vieja rencilla ocurrida durante su primera Presidencia, y quien terminaría por enjuiciarlo para cobrar venganza.

Habría muchas cosas más que decir sobre CAP, pero la mayoría ya han sido expresadas por personajes de mayor estatura en todas partes del mundo. Leyendo todas esas reseñas internacionales en el aeropuerto de Barajas me dí cuenta de que hacía muchos años, ya no sabría decir cuantos, que el reconocimiento mundial hacia un personaje de nuestra política no me hacía sentir tan orgulloso de ser venezolano. Gracias a CAP por los buenos momentos. La historia no sólo le absolverá, sino que además le reivindicará como uno de los pilares tempranos de una democracia para la que parece que aún no estábamos preparados.

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Miguel Ángel Santos