Las “pequeñas” cámaras de video y los micrófonos escondidos en monederos, latas y floreros. Las llaves de la casa sacadas de los morrales de los colegios o de los guardarropas de los gimnasios. Las muestras de olor tomadas de piezas de ropa robadas a los sospechosos y utilizadas para entrenar perros. “Juro que, codo a codo con la Milicia Nacional del Pueblo, el Ejército y las fuerzas protectoras de nuestros aliados, combatiré a los enemigos del socialismo, aún a costa de mi vida, y cumpliré las tareas que me sean asignadas para garantizar la seguridad de la República”. Número 38, calle Mauerstrasse, en un pequeño callejón de Mitte. Uno de los ocho distritos de Berlín que cayeron bajo control soviético al finalizar la segunda guerra mundial.

Más allá de toda esta parafernalia, que la tecnología moderna ha reducido a algo así como el zapatófono de Maxwell Smart, el Superagente 86, lo más importante que alberga este edificio son los archivos de la Stasi, el Ministerio de la Seguridad del Estado. Aquí cualquiera puede consultar los millones de páginas de transcripciones de grabaciones de conversaciones privadas. Aquí es donde el protagonista de la película “La vida de los otros” descubre, una vez que ha caído el muro de Berlín, que “su” agente ha decidido sustituir unas cuantas por diálogos vacíos, salvándole la vida.

Dentro de la pequeña exhibición que acompaña a los archivos, se ha considerado pertinente agregar algunos detalles que ayuden al visitante a entender en qué contexto se hizo necesario un aparato de seguridad con más de 71.000 agentes y 173.000 colaboradores no-oficiales. Aquí también hay algunas cosas familiares. Las nacionalizaciones de 1971, que el Partido Socialista Unido justificó como elemento clave de la “estrategia del gobierno de darle prioridad al mejoramiento de las condiciones de vida de la población: Unidad en la política económica y social”. El “socialismo con rostro humano”. Los enormes cuellos de botella en el sistema de producción, la escasez, los frecuentes apagones. La protesta estudiantil y la represión. La mentira descarada: “Aquí nadie tiene la intención de construir ningún muro” (Walter Ulbricht, Presidente del Consejo de Estado, en una rueda de prensa en junio de 1961). Así habrán mejorado “las condiciones de vida” que ese mismo año se levantó un muro para evitar que “la población” escapara desesperada.

Salir de aquí es como salir de una cueva oscura (la de la propia naturaleza humana). Uno se descubre respirando profundo, por la boca, buscando recobrar el aliento. Por fortuna, allí están las enormes plazas de Berlín, sus cafés, y los demás milagros que en veinte años ha producido aquí la inversión privada. Yo traje conmigo “La fuerza del pensamiento: Memorias irregulares de un viaje intelectual”, del economista húngaro Janos Kornai. El libro apenas comienza. Kornai se encuentra escondido en un sótano de Budapest junto con otros judíos, mientras afuera se desarrolla la última batalla por el control de la ciudad. Tras algunas horas de silencio, se abre la puerta de su escondite. Es un soldado soviético. La salvación. Le extiende la mano a Kornai. Lo despoja de su reloj. Después lo ayuda a subir.

Miguel Ángel Santos