Para muchos analistas que han visto el riesgo país de Argentina superar el 15% y a Domingo Caballo exponer que a partir de aquí la administración del gobierno seguirá las directrices de una pulpería (se pagan compromisos en la medida en que vaya entrando dinero), la bomba de tiempo puesta a principios de los noventa está a punto de estallar. Para los argentinos, sin embargo, el mecanismo de conversión los empezó a asfixiar desde hace ya bastante tiempo.

Argentina adoptó la caja de conversión en un esfuerzo por promover credibilidad en una economía que venía de varios planes de estabilización fracasados y un amplio record de hiperinflación. La fijación del tipo de cambio y la consecuente desaparición del banco central en 1991, fueron acompañadas los años siguientes por inflaciones de 24.9% y 10.5%. La imposibilidad de ajustar el tipo de cambio para reflejar el diferencial de inflación entre Argentina y sus principales socios comerciales empezó a causar daño en el aparato productivo, particularmente en el sector exportador; y en consecuencia la cuenta corriente empezó a deteriorarse aceleradamente, pasando de un déficit de apenas 0.2% en 1991, a uno de 3.6% en 1994.

Para ese momento buena parte del mal estaba hecho. Los argentinos no solamente empezaron a comprar más afuera que adentro porque les resultaba más barato, sino que además empezaron, en una primera etapa, a cambiar sus cuentas en pesos por cuentas en dólares y; en una segunda, a sacar sus cuentas a bancos en el exterior. Esta situación más el déficit creciente en cuenta corriente ponía en jaque constante al esquema cambiario, para lo cual se requirieron endeudamientos sucesivos que llegan a sumar en esta década unos US$200 millones. Este endeudamiento puso un peso insostenible en las finanzas públicas y empezó a ocupar una proporción cada vez mayor del presupuesto, lo que obligó a disminuir el gasto público. Esta disminución del gasto se produjo en una época en donde la sobrevaluación cambiaria ya había empezado a afectar el aparato productivo privado, y en ese sentido la política fiscal actuó en forma pro-cíclica en lugar de contra-cíclica. Las tasas de desempleo argentinas han sido durante la década anterior las más altas de América Latina.

Esa inmensa bola de nieve tenía – aún tiene – que llegar a su final. No se puede concebir un esquema cambiario para sustentar una economía basado en un déficit permanente en la cuenta corriente y en el endeudamiento externo y el consecuente recorte del gasto público. Como decía mi profesor Victor Bulmer-Thomas, el problema del tipo de cambio fijo es que todo el mundo sabe que tarde o temprano va a dejar de ser fijo. Lo más importante de todo esto es que aunque América Latina ha percibido a Argentina como relativamente “estable”, durante todo este tiempo los argentinos han estado sintiendo el peso insostenible del esquema y sus consecuencias inmediatas: recesión económica y desempleo, algo que he podido constantar durante mis conversaciones y visitas a ese país. Los outsiders no tienen cómo juzgar los verdaderos efectos más allá de la mera evaluación de las cifras económicas.

¿Había alternativas a la crisis de Argentina? Sí, claro que las había. No muy lejos de allí, Brasil no esperó demasiado par abandonar su coqueteo con el tipo de cambio fijo y adoptó en su lugar una política de cambio flexible que les permite ajustarse a los diferenciales de inflación de sus principales socios comerciales, y además les sirve de colchón para amortiguar el efecto de shocks externos. Brasil ha demostrado que el problema de la discrecionalidad en el manejo de la política fiscal y cambiaria no se elimina amarrando a la política cambiaria y haciendo a la política fiscal un esclavo de ella; se elimina promoviendo el liderazgo responsable dentro de las instituciones encargadas de su diseño.

Europa pasó años preparándose cuidadosamente para la adopción de una moneda única. Para incorporarse a la unión, la inflación, el déficit fiscal, las tasas de desempleo y la deuda como porcentaje de la economía, no podían superar ciertos niveles preestablecidos. Solamente al entrar en cumplimientos de estas reglas puede un país sumarse a la unión. El problema de la caja de conversión y sus familiares cercanos es que propone ingenuamente que en lugar de cumplir responsablemente estos criterios para poder después incorporarse al esquema cambiario; los países adopten en primera instancia el esquema cambiario como un mecanismo para alcanzar uniformidad en los criterios.

Con Argentina, el mapa mundial de fracaso de esquemas de cambio fijo alcanza ya casi a la mitad del mundo. La lección se ha transmitido rápido y Venezuela, durante los últimos años una especie de Argentina con petróleo, ha empezado a acelerar el ritmo del ajuste diario cambiario.

Miguel Angel Santos